Mucho nos sufre Dios, y nosotros por el mismo caso le ofendemos más.

Cruel mujer por cierto, pues ya que su marido y hermano eran cómplices en la muerte de la dama, ella, que la pudiera librar llevándola a un convento, no lo hizo; mas era tía, que es lo mismo que suegra, cuñada o madrastra. Con esto lo he dicho todo.

Mientras ella estaba en Atocha, entró el padre y el tío por un aposento que servía de despensa, donde no entraban sino a sacar lo necesario de ella, cuyas espaldas caían a la parte donde su tía tenía el estrado; y desencajando todo el tabique, lo pusieron de modo que no se echase de ver.

Venidas de Atocha, se sentaron en el estrado, pidiendo las diesen de almorzar, con mucho sosiego, y a la mitad del almuerzo, fingiendo la tía una necesidad precisa, se levantó y entró en otra cuadra desviada de la sala, quedando Laurela y una doncella que había recibido para que la sirviese bien descuidadas de la desdicha que les estaba amenazando; y si bien pudieron salvar a la doncella, no lo hicieron, por hacer mejor su hecho, pues apenas se apartó la tía, cuando los que estaban de la otra parte derribaron la pared sobre las dos, y saliéndose fuera, cerraron la puerta, y el padre se fue a su casa, y el tío dio la vuelta por otra parte para venir a su tiempo a la suya.

Pues como la pared cayó y cogió las pobres damas, a los gritos que dieron las desdichadas acudieron todas dando voces, las criadas con inocencia, mas la tía con malicia, al mismo tiempo que el tío entró con los vecinos que acudieron al golpe y alboroto, quienes hallando el fracaso y ponderando la desgracia, llamaron gente que apartasen la tierra y cascotes, lo que no pudo hacerse tan apriesa que, cuando surtió efecto, hallaron ya a la sin ventura Laurela de todo punto muerta, porque la pared la había abierto la cabeza y con la tierra se acabó de ahogar. La doncella estaba viva, mas tan maltratada que no vivió más de dos días.

La gente que acudió se lastimaba de tal desgracia, y su tía y tío la lloraban por cumplir con todos; ¿mas a una desdicha de fortuna qué se podía hacer sino darles pésames y consolarlos? En fin, pasó por desgracia la que era malicia; y aquella noche llevaron la malograda hermosura a San Martín, donde tenía su padre entierro.

Fueron las nuevas a su padre, que no era necesario dárselas, quien las recibió con severidad, y él mismo las llevó a su madre y hermanas, diciendo que ya la fortuna había hecho de Laurela lo que él había de hacer en castigo de su atrevimiento; en cuyas palabras conocieron que no había sido acaso el suceso, con lo que los tiernos sentimientos que hacían lastimaban a cuantos las miraban, y para que su dolor fuese mayor, una criada de los tíos de Laurela que servía en la cocina y se quedó en casa cuando fueron a Atocha, oyó los golpes que daban para desencajar la pared en la despensa, y saliendo a ver qué era, acechó por la llave y vio a su amo y cuñado que lo hacían y decían:

—Páguelo la traidora que se dejó engañar y vencer, pues no hemos podido hallar al engañador para que lo pagaran juntos.

La moza, como oyó esto y sabía el caso de Laurela, luego conoció que lo decían por ella, y con gran miedo, temiendo no la matasen porque lo había visto, sin hablar palabra se volvió a la cocina, y no se atrevió o no pudo avisar a Laurela, antes aquella misma noche, mientras se andaba previniendo el entierro, cogió su hatillo y se fue, sin atreverse a descubrir el caso a nadie, y aguardando tiempo, pudo hablar en secreto a la hermana mayor de Laurela, y la contó lo que había visto y oído, y ella a su madre y a la otra hermana, lo que fue causa de que su sentimiento y dolor se renovase, que les duró mientras vivieron, sin poder jamás consolarse.

Las hermanas de Laurela entraron a pocos meses monjas, que no se pudo acabar con ellas se casasen, diciendo que su desdichada hermana las había dejado buen desengaño de lo que había que fiar de los hombres; y su madre, después que enviudó, se fue con ellas, las cuales contaban este suceso como yo lo he dicho, para que sirva a las damas de desengaño, para no fiarse de los bien fingidos engaños de los cautelosos amantes, que no les dura de voluntad más de hasta vencerlas.