—Dirán ahora los caballeros presentes —dijo la hermosa Lisis, viendo que Matilde había dado fin a su desengaño—: ¡cuántos males causamos nosotros! Y si bien hablarán irónicamente, dirán bien; pues en lo que acabamos de oír se prueba bastantemente la cautela con que tratan a las desdichadas mujeres, no llevando la mira a más que vencerlas, y luego darlas el pago que dio don Esteban a Laurela, sin perdonar el engaño de transformarse en Estefanía, y que hubiese en él perseverancia para que en tanto tiempo no se cansase de engañar, o no se redujese a querer de veras.

Quien le vio tan enamorado, tan fino, tan celoso, tan firme, tan hecho Petrarca de Laurela, ¿podría creer jamás hubiese usado con ella tan infame bajeza?; y nosotros asimismo deberíamos pensar que había de ser Laurela la más dichosa de cuantas han nacido, y que había de quitarnos a todos con su dicha la acedía de tantas desdichas.

¡Ay, señores caballeros! No digo yo que todos seáis malos, mas sí que no sé cómo se ha de conocer el bueno; demás que yo no os culpo de otros vicios, que eso fuera disparate; solo para con las mujeres no hallo con qué disculparos.

Conocida cosa es que habéis dado todos en este vicio, y haréis más transformaciones que Proteo por traer una mujer a vuestra voluntad; y si esto fuese para perseverar amándola y estimándola, no fuera culpable; mas, para engañarla y deshonrarla, ¿qué disculpa habrá que lo sea?

Vosotros hacéis a las mujeres malas, y os ponéis a mil riesgos porque sean malas, y no miráis que si las quitáis el ser buenas, ¿cómo queréis que lo sean? Si inquietáis la casada, y ella persuadida de las finezas que hacéis, pues no son las mujeres mármoles, la derribáis y hacéis violar la fe que prometió a su esposo, ¿cómo será esta buena? Diréis: siéndolo.

No se hallan ya a cada paso santas Teodoras Alejandrinas que, por solo un yerro que cometió contra su esposo, hizo tantos años de penitencia; antes hoy en haciendo uno, procuran hacer otro, por ver si les sale mejor; y no le hicieran si no hubieran caído en el primero.

Déjase vencer la viuda honesta de vuestros ruegos; responderéis: no se rinda. No hay mujeres tórtolas, que siempre lamentan el muerto esposo, ni Artemisas, que mueren en llorándole sobre el sepulcro. ¿Cómo queréis que esta sea buena si la hicisteis mala y la enseñasteis a serlo?

Veis la simple doncella, criada al abrigo de sus padres, y traéis ya el gusto tan desenfadado que no hacéis caso de nada; lo mismo es que sea doncella que no lo sea: decís linda y desahogadamente cualquier yerro, por pesado y fuerte que sea, solicitaisla, regalaisla; y aun si estos tiros no bastan, la amagáis con casamiento. Si cae, que no son las murallas de Babilonia, que tan a costa labró Semíramis, daisla mal pago, faltando a lo que prometisteis, y lo peor es que faltáis a Dios a quien habéis hecho la promesa. ¿Qué queréis que haga esta? Proseguir con el oficio que la enseñasteis, si se libra del castigo a que está condenada, si lo saben sus padres y deudos: luego cierto es que vosotros las hacéis malas; y no solo eso, sino que decís que lo son.

Pues ya que sois los hombres el instrumento de que lo sean, dejadlas, no las deshonréis, que sus delitos y el castigo de ellos a cuenta del cielo están; mas no sé si vosotros os libraréis también de él, pues lo habéis causado, como se ve cada día en tantos como pagan con la vida.

Lo cierto es que a ninguno matan que no lo merezca; y si en la presente justicia no lo debía, de atrás tendría hecho por donde pagase; que como a Dios no hay nada encubierto, y son sus secretos tan incomprensibles, castiga cuando más es su voluntad, o quizá cansado de que apenas salís de una cuando os entráis en otra: y es que como no estimáis de verdad en ninguna parte, para todas os halláis desembarazados.