Oí preguntar una vez a un desprevenido de amor (porque aunque dicen que le tiene, es engaño, supuesto que en él la lealtad está tan achacosa como en todos) que de qué color es el amor. Yo respondile que el que mis padres y abuelos y las historias que son más antiguas dicen se usaba en otros tiempos: no tenía color, ni el verdadero amor le ha de tener; porque ni ha de tener el alegre carmesí, porque no ha de esperar la alegría de alcanzar; ni el negro, porque no se ha de entristecer de que no alcance; ni el verde, porque ha de vivir sin esperanza; ni el amarillo, porque no ha de tener desesperaciones; ni el pardo, porque no ha de darle nada de esto penas. Solos dos le competen, que es el blanco, puro, cándido y casto, y el dorado por la firmeza que en esto ha de tener.

Este es el verdadero amor, el cual no es delito tenerle, ni merece castigo. Hay otro modo de amar, uno que no mancha jamás la lealtad: este es el amor imitador de la pureza. Otro, que tal vez violado, arrepentido de haber quebrado la lealtad, vuelve por este mérito a granjear lugar en amor; mas no por puro, sino por continente.

El amor que usáis ahora, señores caballeros, tiene muchos colores; ya es rubio, ya pelinegro, ya moreno, ya blanco, ya casado, ya soltero, ya civil, ya mecánico, y ya ilustre y alto: y Dios os tenga de su mano no le busquéis barbado, que andáis tan de mezcla que ya no sabéis de qué color vestirle.

Para conseguir esto es fuerza que hagáis muchas mujeres malas; y hay muchas que lo son por desdicha y no por accidente ni gusto; y a estas no es razón que las deis ese nombre, cuando es culpa sin perdón dársele aun a las más comunes.

Pues si el honrar a las mujeres comunes es deuda: ¿qué será para con las que no lo son, no habiendo entre tantos como hoy las vituperan y ultrajan ninguno que las defienda? ¿Puede ser mayor desdicha, que ni aun los caballeros, pues cuando se señalan por tales, prometen la defensa de las mujeres, se dejen también llevar de la vulgaridad, sin mirar que faltan a lo mismo que son y a la fe que prometieron?

No hay más que ponderar, sino que, ya que las hacéis malas y estudiáis astucias para que lo sean, ocasionando sus desdichas, deshonras y muertes, gustéis castigarlas con las obras y afrentarlas con las palabras, no os corráis de que sea así. Decid bien de ellas, y ya os perdonaremos el mal que las hacéis.

Esto es lo que os pido, que, si lo miráis con reflexión, en favor vuestro es más que en el suyo, y los más nobles y más afectuosos haréis que los que no lo son, por imitaros, hagan lo mismo; y creed que, aunque os parece que hay muchas malas, hay muchas más inculpables; y que no todas las que han sido muertas violentamente lo han sido con razón, pues si muchas padecen con causa, hay tantas más que no la han dado; y si la dieron, fue por haber sido engañadas.

Más dijera Lisis, y aun creo que no fuera mal escuchada; porque los nobles y cuerdos presto se sujetan a la razón, como se vio en esta ocasión, en la que estaban los caballeros tan colgados de sus palabras que no hubo allí quien quisiese contradecirla ni estorbarla.

Mas viendo la linda doña Isabel que era tarde y faltaban dos desengaños para dar fin a la noche; y también que doña Luisa se prevenía para dar principio al que le tocaba, haciendo señas a los músicos, cantó así:

Si amados pagan mal los hombres, Gila,