Porque es cruel, y lágrimas no siente.
No acertaba en nada doña Blanca, aunque fuese la más acertada, porque como era mal recibida, enfadaba de todas maneras; y así, entrando a este punto el príncipe y su padre que venían de fuera, como a los últimos versos decía que sería el último remedio el morir, respondió:
—Así será, que de otra manera no me puedo librar de tus enfados.
Y prosiguiendo con grandísimo enojo, dijo:
—¿Qué locuras o qué mentiras son estas, Blanca, que así en verso y prosa, con achaque y color de lamentarte, estás diciendo contra mí? ¡Qué!, ¿no basta en secreto cansarme y atormentarme con ellas, sino que cantando las publicas? Cansadísimas mujeres sois las españolas, gran castigo merece el extranjero que mezcla su sangre con la vuestra.
A esto, como doña Blanca estaba cierta de que había sido, como quien la tenía tan ilustre, mayor su engaño que no el del príncipe, respondió con brío:
—Mayor le merece la española, que entendiendo viene a ser señora, deja su patria, donde lo es, por hacerse esclava de quien no la merece.
—No seáis atrevida, doña Blanca —respondió el suegro—, que os cortaré yo las alas: ¿con qué soberbia os remontáis, que no sé yo cómo pensasteis vos, ni vuestro linaje, llegar a merecer ser esposa de mi hijo?
Finalmente, por no cansar, diciendo los unos y respondiendo los otros, se encendió el suegro de suerte que el príncipe se descompuso con doña Blanca, no solo de palabras, mas de obras, maltratándola tanto que fue milagro salir de sus manos con la vida, y esa se la pudo deber, después de Dios, a la señora Marieta, que con su autoridad puso treguas, aunque no paces; al disgusto de este día, pasándose muchos que ni el príncipe la vio, ni doña Blanca se levantó de la cama; mas al cabo tuvieron fin estos enojos, haciéndose las amistades, no sé si para mayor enemistad; porque doña Blanca quedó, como tan gran señora, descontenta con el desprecio pasado, y el príncipe menos cariñoso que antes; porque entre la vulgaridad, estas rencillas entre casados, en llegando a acabarse los enojos, no se acuerdan más de ellas; mas en la grandeza de los señores es diferente, que aunque sean casados, tienen duelo; y así se lo decía doña Blanca a doña María, pues aunque amaba ternísimamente a su esposo, todas las veces que le veía le salían al rostro los colores que habían puesto en él sus atrevidas manos.
Sucedió dentro de pocos meses un caso, el más atroz que se puede imaginar, y fue, en primer lugar, amanecer dentro del mismo palacio una mañana muerto a puñaladas un gentilhombre de la señora Marieta, que le daba la mano cuando salía fuera, mozo de mucha gala y nobleza; y luego, pasados dos días, en que aún no estaba moderado el sentimiento que tuvieron de esta violenta y desaliñada muerte la señora Marieta y doña Blanca, y más viendo que el príncipe viejo no había consentido hacer las diligencias que fuera muy justo en un suceso tan desastrado, antes mandó que no se hablase más en ello, por donde se pensó que había sido hecho por gusto suyo: como digo, dentro de dos días envió su padre a llamar a su cuarto a la señora Marieta, que fue al punto, y entrando donde estaba, le halló con su esposo y primo.