No se pudo saber lo que entre ellos pasó, más de que se cerraron las puertas del cuarto se oyó por un espacio llorar a la señora Marieta, después de esto llamar a Dios, y luego quedar todo en silencio; y fue que, a lo que después se vio, tenían atado al espaldar de una silla un palo, y haciéndola sentar en ella, su propio marido delante de su padre la dio garrote, que esta tan cruel sentencia contra la hermosa y desgraciada señora salió de acuerdo de los dos, suegro y yerno; y de más de una hora que habían estado hablando a solas, no se pudo saber nada; y solo se sospechó por haber muerto a su gentilhombre, que sería por algún testimonio, porque la señora Marieta era tan noble y tan honesta que no se podía pensar de ella liviandad alguna, si ya no la dañó el ser tan noble y el amar tanto a doña Blanca, que en todas ocasiones volvía por ella. En fin, murió apenas de veinte y cuatro años, siendo el juez su padre y el verdugo su mismo esposo.
Estaba doña Blanca cuidadosa de qué haría allá dentro la señora Marieta, que ya sabía de sus damas que había sido llamada por su padre; y no habiéndose hasta medio día abierto la puerta de la sala donde se había ejecutado la cruel maldad, que era en la que comía, entraron, y como se abrió, los criados pusieron las mesas; mas aunque vieron el triste espectáculo, ninguno hablaba, porque se lo habían así mandado o porque todos eran unos.
Vino el príncipe de fuera, que no se halló al lastimoso caso ni le sabía, que fuera cierto no lo consintiera o la salvara, porque amaba mucho a su hermana y no era el que había sentido menos la muerte del gentilhombre.
Venido pues, avisaron a doña Blanca saliese a comer, como lo hizo bien apriesa por ver si veía a la señora Marieta y saber qué enigmas eran los que en aquella casa pasaban, y sucedió que a un mismo tiempo entraba el príncipe por una puerta y doña Blanca salía por otra que correspondía a su cuarto, que también había estado cerrada hasta entonces, con otras dos más adentro; y así que vio el triste cadáver, diciendo «¡Jesús sea conmigo!» cayó de un mortal desmayo.
Sus damas, que con ella habían salido, aunque bien desmayadas de lo que presente veían, acudieron; y el príncipe, que, como digo, había entrado al mismo tiempo, viendo por una parte a su hermana muerta, por otra a doña Blanca desmayada, y a su padre y cuñado sentados a la mesa, no hay duda sino que traspasado de dolor y asustado de un caso semejante, con el color mortal acudió a doña Blanca, diciendo a su padre:
—¿Qué crueldades son estas, señor, o qué pretendes de esta triste española, que la has llamado para que vea tan lastimoso caso?
A lo que respondió el padre:
—Calla, cobarde, que más pareces hijo de algún español que no mío, que luego te dejas vencer de hazañerías españolas.
Retiraron las damas a doña Blanca a su cámara, acompañándola el príncipe, que no quiso sentarse a comer con su padre; antes mostrando tierno sentimiento de la muerte de su hermana y mal de su esposa, asistiendo a los remedios que se le hacían para tornarla en sí; al cabo de una hora, creyendo todos era muerta y llorándola por tal, cobró el sentido con tantos suspiros y lágrimas que enterneciera a un mármol, y viendo al príncipe que la tenía por una de sus hermosas manos, alentándose lo más que pudo, le dijo:
—¿Qué quiere, señor, de mí vuestro padre, o qué es su pensamiento, que ya que hizo una crueldad como la que hoy ha hecho en su hija, siendo tan santa, honesta y virtuosa, me mandase llamar para que la viese?