Si es que me quiso dar ejemplo, no hay para qué, supuesto que mi real sangre y mi honor no le han menester, por ser todo como mi nombre; demás que en el de la señora Marieta vuestra hermana, por ser más puro que el sol, no hay que poner dolo, que para mí más la ha muerto la malicia que no la razón.
Si es que ni vos ni él os halláis bien conmigo, enviadme a España con mi hermano, que yo os doy palabra que, en deshaciendo Su Santidad el matrimonio y llegando a ella, me entraré religiosa, pues no será muy dificultoso romper un lazo que tan dulcemente nos aprieta.
No la dejó la pena decir más, de lo cual el príncipe, enternecido, la consoló, asegurando estar él tan ajeno de lo que había pasado con su hermana como ella; mas que creyese que, pues su padre y esposo se habían determinado a tal crueldad, que alguna secreta y bastante causa los obligaría, y con algunas tibias caricias comió con ella, y dejándola más quieta, a su parecer, se fue, porque le llamó Ernesto su privado.
Ido el príncipe, llamó doña Blanca a doña María y la mandó que trajese un escritorio donde ella tenía sus más ricas y preciosas joyas, y que llamase a todas las damas que habían venido con ella de España, que eran seis, pues todas las demás eran flamencas, y habiéndolas mandado cerrar la puerta, llorando con mucha terneza, les dijo:
—Ya he visto, queridas amigas mías, en el cruel y desastrado suceso de la señora Marieta que mi muerte no se dilatará mucho, porque quien con su hija ha sido tan cruel, mejor lo será conmigo, y más con el poco amparo que tengo en mi esposo; y por si me cogiere de susto como a ella, no quiero que quedéis sin algún premio del trabajo que habéis tomado por acompañarme, dejando vuestra patria, padres y deudos; y así, estas joyas que ahora os daré traedlas siempre con vosotras en parte donde no os las vea nadie, para que si Dios os volviere a España, sacándoos de entre estos enemigos, tengáis con que tomar estado: toma tú, doña María, esta cadena y collar de diamantes, y esta sarta de perlas, que era de mi madre, que bien vale todo dos mil escudos, y cásate con don Gabriel, pues yo hasta ahora, por mis desdichas, no he podido cumplir lo que te prometí; y dichosa tú, que tendrás marido de tu natural, y no como yo, que me entregué a un enemigo; y vosotras, estas que quedan las podréis repartir entre todas, y perdonadme que no vale más mi caudal, que de otra suerte os pensé yo pagar lo que me habéis servido.
Dicho esto, dándole todas mil agradecimientos, llorando como si ya la vieran muerta, pidió recado de escribir y escribió una carta a su hermano, dándole cuenta de lo que pasaba, y después de cerrada la dio a doña María, para que de su parte dándola a don Gabriel, le mandase la despachase a España con persona confidente, y abrazándolas a todas les dio su bendición, besándole ellas las manos.
Cuatro días estuvo doña Blanca en la cama, mientras se dio sepultura a la señora Marieta, al cabo de los cuales se levantó tan cubierta el alma de luto como el cuerpo; porque apenas se le enjugaban los ojos ni se alegraba de nada, ni aun con la vista de su esposo; mas esto no era mucho, porque él estaba tan seco y despegado con ella que daba gracias a Dios el día que no la veía.
De esta suerte pasó más de cuatro meses, estando ya las cosas más quietas, y que parecía que los disgustos estaban más moderados y doña Blanca más consolada: mas, aunque ella estaba con algún descuido, no lo hacía así su fatal desdicha y la estrella rigurosa de su nacimiento, que no le prometía más alegre fin que a sus hermanas; porque en el tiempo que parecía había más quietud quiso ejecutar su sangriento golpe, y así dispuso que una tarde después de comer, no habiendo entrado el príncipe, como solía otras, a dormir la siesta al estrado, extrañando doña Blanca que de la mesa se hubiese retirado a su cuarto, que era en bajo, preguntó a una de las damas flamencas si había salido el príncipe fuera, y respondiéndole que no, y que con Ernesto se había ido a su cuarto; sospechando que tenía en él la dama, causa de sus celos, sacando de un escritorio una llave de que estaba apercibida, que un corazón celoso de todo está prevenido, bajó por una escalera de caracol que de su cuarto correspondía al del príncipe y que jamás se abría; y abriendo despacio y entrando con mucho sosiego por no ser sentida, llegó hasta la cama del príncipe, en que dormía ordinariamente, pues con ella por gran milagro, y halló... ¿qué hallaría?
Quisiera, hermosas damas y discretos caballeros, ser tan entendida que, sin darme a entender, me entendiérades, por ser cosa tan enorme y fea lo que halló. Vio acostados en la cama a su esposo y a Ernesto, en deleites tan torpes y abominables que es bajeza, no solo decirlo, mas pensarlo.
Doña Blanca, a la vista de tan horrendo y sucio espectáculo, quedó más difunta que cuando vio el cadáver de la señora Marieta, mas con más valor, pues apenas lo vio, cuando más apriesa que había ido se volvió a salir, quedando ellos, no vergonzosos ni pesarosos de que los hubiese visto, sino más descompuestos de alegría, pues con gran risa dijeron: