—Mosca lleva la española.

Llegó doña Blanca a su cuarto, y sentándose en su estrado, puesta la mano en la mejilla, se estuvo gran espacio de tiempo tan embelesada como si hubiera visto visiones de la otra vida. Llegó, viéndola así, su dama doña María, y puesta ante ella de rodillas, la dijo:

—¿Qué hallaste, señora mía, que tan cuidadosa te veo?

—Mi muerte hallé, doña María —respondió doña Blanca—; y si hasta aquí la veía en sombras, la veo ya clara y sin ellas: bien sé que lo que he visto me ha de costar la vida; y supuesto que ya no se me excusa el morir, ya que esto ha de ser, será con alguna causa o dejaré de ser quien soy.

—¡Ah, señora mía! —dijo doña María—, y como es bueno vivir aunque sea padeciendo, siquiera hasta que tu hermano ponga el remedio a estos trabajos. Y pues desde que le escribiste, dándole cuenta de ellos, tenías su remedio puesto en él, ¿por qué lo quieres aventurar todo? Mejor es disimular, haciéndote desentendida, hasta que venga, como te avisó, a estos estados, y entonces con su amparo podrás mejor ejecutar tu venganza. Muchas veces te he suplicado con muchos ruegos que disimules tu pasión con esta cruel gente, tan poderosos, con ser tan grandes señores, que ni temen a Dios ni al mundo, y ahora te lo vuelvo a pedir con más veras, y ya que no lo quieras hacer por ti, pues no me espanto que tengas con tanto padecer aborrecida la vida, a lo menos por tus tristes criados, que quedaremos sin tu amparo en perpetuo cautiverio, si ya no hacen con ellos lo mismo que tú dices esperas harán contigo.

—Ya no puede ser —dijo doña Blanca—, que si bien juzgo que es verdad lo que dices, lo que yo he visto, sin haber más delito que verlo, me ha condenado a muerte; y supuesto que ya no hay que aguardar, era degenerar de quien soy si entendiese esta infame gente que paso por un mal tan grande. Yo tengo de morir vengada, ya que no en los reos, que esos quedan reservados para ser mis verdugos hasta que la justicia de Dios lo sea suyo, a lo menos en el teatro donde se comete su ofensa y la mía con tan torpes y abominables pecados, que aun el demonio se avergüenza de verlos; y pues el delito que ellos hacen me condena a mí a muerte, no hay que aconsejarme, que servirá de darme enfado y no se conseguirá fruto alguno.

Diciendo esto, sin querer declararse más, dejando a doña María tan confusa como descontenta, sabiendo que el príncipe había salido fuera con su padre y que Ernesto se había quedado escribiendo, en el mismo cuarto de su señor, unos despachos que le habían mandado, bajó a él, y llamando ella misma los criados más humildes, que no quiso que ninguna de sus criadas quedase comprendida en la ejecución de su venganza, mandó sacar la cama al patio y quemarla.

Preguntola el atrevido paje que por qué causa se hacía aquel exceso. A quien respondió doña Blanca que la causa era su gusto, y que agradeciese no hacía en él otro tanto; mas que algún día lo haría, o no sería doña Blanca.

Recogiose con esto a su cuarto a disponerse para morir, que bien sería cierto; porque cuando volvió las espaldas, habiéndole dicho a Ernesto lo que se ha contado, le oyó decir entre dientes:

—Bien harás, española, si puedes; mas no te daré yo lugar para ello.