Como lo hizo, pues apenas vinieron los príncipes, padre e hijo, cuando Ernesto les contó cuanto había pasado, ponderándolo con tales razones que hinchó de venenosa furia los pechos dañados de sus señores, y más el del viejo que, ardiendo en ira, respondió:

—No temas eso, que antes de mañana a estas horas pagará la española atrevida estos excesos.

En fin, se resolvieron a quitarla la vida antes que su hermano llegase, que ya tenían aviso venía a gobernar las armas de aquellos reinos.

Esa misma noche habló doña María a don Gabriel por una reja, por donde otras veces le hablaba, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole cómo, si Dios no la remediaba, era indudable la muerte de doña Blanca; y porque no ejecutasen con él lo mismo, como a quien sabían que doña Blanca estimaba tanto, se escondiese en parte que estuviese seguro hasta ver en qué paraba, pues sus fuerzas ni las de los demás criados españoles no eran poderosas contra tan soberbios y poderosos enemigos, y más estando dentro de su estado; y dándole las joyas que doña Blanca le había dado, se despidió de él con muchas lágrimas, pidiendo a Dios los librase. Don Gabriel al punto, tomando un caballo, se partió sin avisar a nadie, por no alborotar, la vuelta de Amberes, donde si no había llegado, llegaría muy presto el hermano de doña Blanca.

Aquella noche no vio doña Blanca a su esposo ni la llamaron, como las demás, para cenar, en que se conoció la ira que con ella tenían; y por estar más apercibida no se acostó; antes, en siendo de día, como quien tan cierta tenía su muerte, envió a llamar a su confesor y se confesó, recibiendo con mucha devoción el Santísimo Sacramento; y dándole al confesor una cadena y las sortijas que traía en las manos, le dijo se saliese luego de aquel lugar, porque, por ser español, no le iría en él mejor que a ella, y le pidió que si veía a su hermano le dijese por lo que moría.

Hecho esto, se fue a su estrado y, sentándose en él, empezó a platicar con sus damas como si no estuviera esperando la partida de esta vida, pareciéndoles a todas más linda que jamás la habían visto, porque el luto que traía por la señora Marieta la hacía más hermosa.

Así estuvo hasta cerca de media hora, que como los príncipes padre e hijo se vistieron, luego quisieron ejecutar la sentencia contra la inocente corderilla, como ya lo tenían determinado; y entrando los dos con su sangrador y Ernesto, que traía dos bacías grandes de plata, quisieron que hasta en ser él también ministro en su muerte, dársela con más crueldad.

Mandaron salir fuera todas las damas y cerrando las puertas ordenaron al sangrador ejercer su oficio, y sin hablar a doña Blanca palabra, ni ella a ellos, mas de llamar a Dios la ayudase en tan riguroso paso, la abrieron las venas de entrambos brazos para que por tan pequeñas heridas saliese el alma envuelta en sangre de aquella inocente víctima, sacrificada al rigor de tan crueles enemigos. Doña María por el hueco de la llave miraba, en lágrimas bañada, tan triste espectáculo.

A poco rato que la sangre comenzó a salir, doña Blanca se desmayó tan hermosamente que diera lástima a quien más la aborreciera, y quedó tan linda que el príncipe, su esposo, que la estaba mirando, o enternecido de ver la despojada azucena, o enamorado de tan bella muerte, volviéndose a su padre, con algunas señales piadosas en los ojos, le dijo:

—¡Ay señor, por Dios, que no pase adelante esta crueldad!; satisfecha puede estar con lo padecido vuestra ira y mi enojo; porque os doy palabra que, cuanto ha que conozco a Blanca, no me ha parecido más linda que ahora; por esta hermosura merece perdón de su atrevimiento.