A lo que respondió el cruel y riguroso viejo con voz alterada y rigurosa:

—Calla, cobarde, traidor, medio mujer, que te vences de la hermosura y tiene más poder en ti que los agravios; calla, otra vez te digo, muera, que de tus enemigos los menos; y si no tienes valor, repara tu flaqueza con quitarte de delante; salte fuera y no la veas, que mal defenderá ni ofenderá a los hombres quien desmaya de ver morir una mujer: así tuviera a todas las de su nación como tengo a esta.

Y diciendo esto, le abrió la puerta y le hizo salir fuera; a lo que el príncipe, anegado en lágrimas, no replicó: en lo que se conoció que el despego que tenía con doña Blanca le debía ocasionar su padre y Ernesto.

Ido pues el príncipe, se volvió a cerrar la puerta y se prosiguió con la crueldad, asistiendo los dos a ella con ánimo de tiranos hasta que, desangrada, como Séneca, rindió la vida a la crueldad de los verdugos y el alma a su Criador.

Murió la hermosa doña Blanca tan desgraciadamente porque no envidiase la desdicha de sus hermanas, si es don para ser envidiado, dejando bien que llorar en aquellos estados; pues los estragos, que tocaron en crueldades, que el duque de Alba hizo en ellos, fue en venganza de esta muerte.

Dejáronla en el estrado como estaba, y abriendo las puertas que correspondían al cuarto de sus damas y cerrando las de la otra parte, se salieron fuera los ministros de esta crueldad; y así que doña María y las demás pudieron salir donde estaba, no lo rehusaron, antes llorando se acercaron todas a ella, españolas y flamencas, que en el sentimiento tanto lo mostraban las unas como las otras, pues como era tan afable, de todas igualmente era amada: unas la besaban las manos, otras la estremecían, pensando que no estaba muerta, y todas hacían lastimoso duelo sobre el difunto y hermoso cuerpo, y en particular doña María, que se arrancaba los cabellos y se sacaba con sus mismos dientes pedazos de sus manos, diciendo lastimosas ternezas; y es de creer se matara a sí propia si no fuera por no perder el alma.

Así estuvieron hasta la noche, que llevaron el cuerpo de doña Blanca a la bóveda de la capilla del príncipe, para que acompañase al de la señora Marieta; y a doña María y las otras damas españolas a una torre, teniendo a esta hora en otra a los criados españoles, con el confesor, que no había tenido lugar de irse, menos don Gabriel, que la noche antes se había partido, donde estuvieron muchos días, y estuvieran hasta que acabaran si don Gabriel no diligenciara el modo de su libertad, pues así que llegó a Amberes halló allí al hermano de doña Blanca, que había llegado aquel día, y dándole cuenta de lo que pasaba, loco de dolor, juntando la gente de guerra vino contra el príncipe, pensando llegar a tiempo porque, como todos los criados estaban presos, no sabían si se había ejecutado la muerte de doña Blanca, hasta que cerca del estado cogieron uno de la misma ciudad, quien les dijo lo que pasaba, por estar ya público, y también cómo los príncipes, padre e hijo, siendo avisados de su venida, estaban puestos en defensa; mas no les valió, que ellos y muchos de sus valedores pagaron con las vidas la muerte de la inocente doña Blanca, siendo su hermano para ellos fiero león, tal era la mortal rabia que tenía: mas todo esto no fue hecho tan presto que los pobres criados y criadas no estuviesen más de cuatro años presos, pasando mil lacerías y trabajos; mas Dios les guardó en tantas penas la vida para que saliesen a gozar su amada libertad.

También sacaron el cuerpo de doña Blanca para traerle a España, que estaba tan linda como si entonces acabara de morir (señal de la gloria que goza el alma); y las cosas que su hermano hacía y decía eran capaces de enternecer a un mármol.

Don Gabriel y doña María, ya casados, con las demás damas y criados vinieron a traer el hermoso cadáver, donde ya sosegados en su amada patria, tuvieron una hija cuyo nombre fue el mismo de su madre; y esta hija, llegando a edad de tomar estado, por su hermosura casó con un deudo muy cercano de doña Blanca, que fueron mis padres, a quienes juntamente con mis abuelos oí contar esta tan lastimosa historia y verdadero desengaño que habéis oído, y os doy tan larga cuenta de ella porque creáis su verdad, como la contaban los que la vieron con sus mismos ojos.

Vean ahora las damas si hay en este desengaño bien en qué desengañarse, y los caballeros en qué retractarse de su mala opinión de que todas las mujeres padecen culpadas.