Eran a esta ocasión, que dio fin doña Luisa, tan tiernos los sentimientos de las damas y la admiración de los caballeros que, aunque veían que había dado fin, todos callaban, si no era con los ojos, lenguas del alma; hasta que don Juan, viendo la suspensión de todo el auditorio, volviéndose a la hermosa doña Isabel, la dijo:

—Cantad, señora, alguna cosa que divierta esta pasión, para que la señora doña Francisca empiece con otra a renovar nuestra terneza; que yo, en nombre de todos estos caballeros y mío, digo que queda tan bien ventilada y concluida la opinión de las damas desengañadoras, y que con justa causa han tomado la defensa de las mujeres, que por conocerlo así nos damos por vencidos y confesamos que hay hombres que, con sus crueldades y engaños, condenándose a sí, disculpan a las mujeres; y oyendo todos los caballeros lo que don Juan decía, respondieron que tenía razón; con lo cual, sin dar lugar a las damas que moralizasen sobre lo referido, pues veían que los caballeros, rendidas las armas de su opinión, se daban por rendidos a la suya, la hermosa doña Isabel y los músicos cantaron así:

Lástima tengo, ojos míos,

Que estáis ciegos y cansados

A puro sentir desprecios,

Y a puro llorar agravios.

Si ya vivís satisfechos

Que servís a dueño ingrato,

Que el oro de vuestro amor

Le paga con plomo falso.