Que estaba en un seco páramo.
—Bien ventilada me parece que queda, nobles y discretos caballeros y hermosísimas damas —dijo la bien entendida Lisis, viendo que doña Isabel había dado fin a su romance—, la defensa de las mujeres, por lo que me dispuse a hacer esta segunda parte de mi entretenido y honesto sarao; pues si bien confieso que hay muchas mujeres que con sus vicios y yerros han dado motivo a los hombres para la mucha desestimación que hoy hacen de ellas, no es razón que hablando en común las midan a todas con una misma medida; que lo cierto es que, en una máquina tan dilatada y extendida como la del mundo, ha de haber buenas y malas, como asimismo hay hombres de la misma manera, que eso ya fuera negar la gloria a tantos santos como hay ya pasados en esta vida, y que hoy se gozan con Dios en ella, y la virtud a millares de estos que se precian de ella; mas no es razón que se alarguen tanto de la desestimación de las mujeres que, sin reservar a ninguna, como pecado original las comprenden a todas: pues como se ha dicho en varias partes de este discurso, las malas no son mujeres, y no pueden ser todas malas, que ya esto fuera no haber criado Dios en ellas almas para el cielo, sino monstruos que consumiesen el mundo.
Bien sé que me dirán algunos cuáles son las buenas: supuesto que hasta en las de alta jerarquía se hallan hoy travesuras y embustes. A eso respondo que estas son más bestias fieras que las comunes, porque, olvidando las obligaciones, dan así motivo a desestimación: pues ya que su mala estrella las inclina a esas travesuras, tuvieran más disculpa si se valieran del recato.
Esto es, si acaso a las deidades comprehende el vicio, que yo no lo puedo creer, antes me persuado que algunas de las comunes, pareciéndoles ganan estimación con los hombres, se deben (fiadas de un manto) de vender por reinas, y luego se vuelven a su primer ser, como las damas de las farsas; y como los hombres están dañados contra ellas, luego creen cualquiera flaqueza suya, y para apoyar su opinión dicen mal hasta de las de mayores obligaciones; y aquí se ve la malicia de algunos hombres, que no quiero decir todos, aunque en común han dado todos en tan noveleros que, por ser lo más nuevo el decir mal de las mujeres, dicen que lo que se usa no se excusa.
Lo que me admira es que los nobles, los honrados y virtuosos, se dejen ya llevar de la común voz, sin que obre en ellos ni la nobleza de que el cielo los dotó, ni las muchas virtudes de que ellos se pueden dotar, ni de las ciencias que siempre están estudiando, pues por ellas pudieran sacar, como tan estudiosos, que hay y ha habido en las edades pasadas y presentes muchas mujeres buenas, santas, virtuosas, estudiosas, honestas, valientes, firmes y constantes.
Yo confieso que en parte tienen razón en creer que hay hoy más mujeres viciosas y perdidas que ha habido jamás, pero no que falten tantas buenas que no excedan el número de las malas. Y tomando de más atrás el apoyo de esta verdad, no me podrán negar los hombres que en las antigüedades no haya habido mujeres muy celebradas, porque esto fuera negar las innumerables santas, de quien la Iglesia canta tantas mártires, tantas vírgenes, tantas viudas y continentes, tantas que han muerto y padecido en la crueldad de los hombres; que si esto no fuera así, poco paño hubieran tenido estas damas desengañadoras en que cortar sus desengaños, todos tan verdaderos como la misma verdad, tanto que las debe muy poco la fábula, pues hasta para hermosear no han tenido necesidad de ella.
¿Pues qué ley humana o divina halláis, nobles caballeros, para precipitaros tanto contra las mujeres que apenas se halla uno que las defienda, cuando veis tantos que las persiguen? Quisiera preguntaros si cumplís en esto con la obligación de serlo, y lo que prometéis cuando os ponéis en los pechos las insignias de serlo. Y si es razón que lo que juráis cuando os las dan, no lo cumpláis. Mas pienso que ya no las deseáis sino por gala, como las medias de pelo y las guedejas.
¿De qué pensáis que procede el poco ánimo que hoy todos tenéis, que sufrís que estén los enemigos dentro de España y nuestro rey en campaña, y vosotros en el Prado y en el río, llenos de galas y trajes femeniles, y los pocos que le acompañan, suspirando por las ollas de Egipto? De la poca estimación que hacéis de las mujeres, que a fe que si las estimarais y amárades como en otros tiempos se hacía, por no verlas en poder de vuestros enemigos, vosotros mismos ofreciérades, no digo yo ir a la guerra a pelear, sino a la muerte, poniendo la garganta al cuchillo, como en otros tiempos, y en particular en el del rey don Fernando el Católico, se hacía, donde no era menester llevar los hombres por fuerza, ni maniatados, como ahora (infelicidad y desdicha de nuestro católico rey), sino que ellos mismos ofrecían sus haciendas y personas, el padre por defender la hija, el hermano por la hermana, el esposo por la esposa, y el galán por la dama; y esto era por no verlas presas y cautivas; y lo peor es, deshonradas, como me parece que vendrá a ser si vosotros no os animáis a defenderlas; mas como ya las tenéis por la alhaja más vil y de menos valor que hay en vuestra casa, no se os da nada de que vayan a ser esclavas de otros, y en otros reinos; y si los plebeyos os vieran a vosotros con valor para defendernos, a vuestra imitación lo hicieran todos; y si os parece que en yéndoos a pelear os han de agraviar y ofender, idos todos, seguid a vuestro rey a defendernos, que quedando solas seremos Moisenes, que orando vencerá Josué.
¡Es posible que nos veáis ya en poder de contrarios, pues desde donde están adonde estamos no hay más defensa que vuestros heroicos corazones y valerosos brazos, y no os corráis de estaros en la corte ajando galas y criando cabellos, hollando coches y paseando prados, y que, en lugar de defendernos, nos quitéis la opinión y el honor contando cuentos que os suceden con damas, que creo que son más invenciones de malicia que verdades, alabándoos de cosas que es imposible sea verdad que lo puedan hacer ni aun las públicas rameras, solo por llevar al cabo vuestra dañada intención, todo efecto de la ociosidad en que gastáis el tiempo en ofensa de Dios y de vuestra nobleza! ¡Que esto hagan pechos españoles! ¡Que esto sufran ánimos castellanos!
Bien dice un héroe bien entendido que los franceses os han hurtado el valor, y vosotros a ellos, los trajes: estimad y honrad a las mujeres, y veréis cómo resucita en vosotros el esfuerzo y valor perdidos; y si os parece que las mujeres no os merecen esta fineza, es engaño, que si dos os desobligan con sus malos tratos, hay infinitas que los tienen buenos: y si por una buena merecen perdón muchas malas, merézcanle las pocas que hay, por las muchas buenas que goza este siglo, como lo veréis si os dais a visitar los santuarios de Madrid y de otras partes, que son más en número las que veréis frecuentar todos los días los sacramentos que no las que os buscan en los prados y ríos.