Muchas buenas ha habido y hay, caballeros; cese ya, por Dios, vuestra civil opinión y no os dejéis llevar del vulgacho novelero, pues cuando no hubiera habido otra más que nuestra serenísima y virtuosa reina doña Isabel de Borbón (que Dios llevó porque no la merecía el mundo, la mayor pérdida que ha tenido España), solo por ella merecían buen nombre las mujeres, alabándose las malas en él y las buenas adquiriendo gloriosas alabanzas.
Dádselas vosotros de justicia; porque os aseguro que si cuando los plebeyos hablan mal de ellas supieran que los nobles las habían de defender, es cierto que de miedo por lo menos las trataran bien; pero ven que vosotros escucháis con gusto sus oprobios, y son como los truanes, que añaden libertad a libertad, desvergüenza a desvergüenza y malicia a malicia: y digo que ni es caballero, ni noble, ni honrado, el que dice mal de las mujeres, aunque sean malas, pues las tales se pueden librar en virtud de las buenas.
Y en forma de desafío, digo que el que dijere mal de ellas no cumple con su obligación; y como he tomado la pluma, habiendo tantos años que la tenía arrimada, en su defensa, tomaré la espada para lo mismo, que los agravios sacan fuerzas donde no las hay; no por mí, que no me toca, pues me conocéis por lo escrito y no por la vista, sino por todas, por la piedad y lástima que me causa su mala opinión.
Y vosotras, hermosas damas de toda suerte de calidad y estado, ¿qué más desengaño aguardáis que el desdoro de vuestra fama en boca de los hombres? ¿Cuándo os desengañaréis de que no procuran más de derribaros y destruiros, y luego decir aún más de lo que con vosotras les sucede? ¿Es posible que, con tantas cosas como habéis visto y oído, no reconoceréis que en los hombres no dura más la voluntad que mientras dura el apetito, y concluido este se acabó? Y si no, conocedlo en el que más dice que ama una mujer; hállela en una niñería, a ver si la perdonará como Dios, quien como nos ama tanto, nos perdona cada instante y cada momento las infinitas ofensas que le hacemos.
¿Pensáis ser vosotras más dichosas que las referidas en estos desengaños? Ese es vuestro mayor engaño; porque cada día, como el mundo se va acercando al fin, va todo de mal en peor, porque queréis, por veleta tan mudable como la voluntad de un hombre, aventurar la opinión y la vida en las crueles manos de ellos; y es la mayor desdicha de todo esto que, quizá las inocentes y las que no tienen culpa alguna mueren, y las maliciosas y que están culpadas viven.
Pues no he de ser yo así, que en mí no ha de faltar de ninguna manera el conocimiento que en todas las demás; y así, vos, señor don Diego (prosiguió la sabia y entendida Lisis, vuelta al que aguardaba verla su esposa), advertid que no será razón que deseando yo desengañar me engañe, no porque en ser vuestra esposa pueda haber ningún engaño, sino porque no es justo que yo me fíe de mi dicha, pues no me siento más firme que la hermosa y entendida doña Isabel, a quien no le aprovecharon tantos trabajos como en el discurso de su desengaño nos refirió, de lo que mis temores han tenido principio.
Considero a Camila, a quien no bastó para librarse de una desdicha ser virtuosa, sino que por no avisar a su esposo, sobre morir, quedó culpada.
Roseleta, que le avisó, tampoco se libró del castigo; Elena sufrió inocente, y murió atormentada.
A doña Inés no la valió el privarla el mágico con sus enredos y encantos el juicio; ni a Laurela el engañarla el traidor; ni a doña Blanca tampoco la sirvió de nada su virtud ni candidez; ni a doña Mencía el ser su amor sin culpa; ni a doña Ana el no tenerla, ni haber pecado, pues solo por ser pobre vino a perder la vida.
Beatriz hubo menester todo el favor de la Madre de Dios para salvar la vida, acosada con tantos trabajos, y este no todas le merecemos.