A doña Magdalena no la sirvió ser honesta y virtuosa para librarse de la traición de una infame sierva, de que ninguna en el mundo se puede librar; porque si somos buenas, nos levantan un testimonio, y si ruines, descubren nuestros delitos, porque los criados y criadas son animales caseros y enemigos no excusados, a quienes estamos regalando y, después de gastar con ellos nuestra paciencia y hacienda, son al cabo como el león, que harto el leonero de criarle y sustentarle se vuelve contra él y le mata: así ellos, al cabo matan a sus amos diciendo lo que saben de ellos, y también lo que no saben, sin cansarse de murmurar de su vida y costumbres; y es lo peor que no podemos pasar sin ellos, por la vanidad y por la honrilla.

Pues si una triste viuda tiene tantos adversarios, y el mayor es un marido, ¿quién me ha de obligar a que entre yo en lid de que tantas han salido vencidas, y saldrán mientras durare el mundo, no siendo más valiente ni más dichosa?

Vuestros méritos son tantos que hallaréis esposa más animosa y menos desengañada, pues aunque no lo estoy por experiencia, lo estoy por ciencia; y como en el juego es el que mejor juzga quien mira que el que juega, yo viendo, no solo en estos desengaños, mas en los que todas las casadas me dan, unas lamentándose de que tienen los maridos jugadores, otras amancebados, y muchas de que no atienden a su honor, y por excusarse de dar a su mujer una gala, sufren que se la dé otro; y más que, por esta parte, en vez de desentenderse se dan a entender con quitarles la vida, que fuera más bien empleado quitársela a ellos, pues fueron los que dieron la ocasión, como he visto en Madrid, que desde el día que se dio principio a este sarao, que fue martes de carnestolendas de este presente año de mil seiscientos cuarenta y seis, han sucedido muchos casos escandalosos; estoy tan cobarde que, como el que ha cometido algún delito, me acojo a sagrado y tomo por amparo el retiro de un convento, desde donde pienso (como en talanquera) ver lo que sucede a los demás; y así, con mi querida doña Isabel, a quien pienso acompañar mientras viviere, me voy a salvar de los engaños de los hombres.

Y vosotras, hermosas damas, si no os desengaña lo escrito, desengáñeos lo que me veis hacer. Y a los caballeros, por despedida suplico muden de intención y lenguaje con las mujeres, porque si mi defensa por escrito no basta, será fuerza que todas tomemos las armas para defendernos de sus malas intenciones y defendernos asimismo de los enemigos; aunque no sé qué mayores enemigos que ellos, pues nos ocasionan ya mayores ruinas que estos.

Dicho esto, la discreta Lisis se levantó, y tomando por una mano a la hermosa doña Isabel y a su prima doña Estefanía por la otra, haciendo una cortés reverencia, sin aguardar respuesta se entraron todas tres en otra cuadra, dejando a su madre, como ignorante de su intención, confusa, a don Diego, desesperado, y a todos, admirados de su determinación.

Don Diego, descontento, con bascas de muerte, sin despedirse de nadie se salió de la sala; dicen que se fue a servir al rey en la guerra de Cataluña, donde murió, porque él mismo se ponía en los mayores peligros.

Toda la gente, despidiéndose de Laurela y dándola repetidos parabienes del grande y sublimado entendimiento de su hija, se fueron a sus casas llevando unos qué admirar, todos qué contar, y muchos qué murmurar del sarao; porque hay en la corte grande número de sabandijas legas que su mayor gusto consiste en decir mal de las obras ajenas; y es lo mejor que no las saben entender.

Otro día Lisis y doña Isabel, con doña Estefanía, se fueron a su convento: con mucho gusto doña Isabel tomó el hábito y Lisis se quedó seglar; y en poniendo Laura la hacienda en tal orden que les rentase lo que habían menester, se fue con ellas por no apartarse de su amada Lisis, avisando a la madre de doña Isabel, quien como supo dónde estaba su hija, se vino también con ella, tomando el hábito de religiosa, donde tuvieron noticias de que don Felipe había muerto en la guerra.

A pocos meses se casó Lisarda con un caballero forastero muy rico, dejando mal contento a don Juan, el cual confesaba que por ser desleal a Lisis le había dado Lisarda el pago que merecía, de que le sobrevino una peligrosa enfermedad, y de ella un frenesí, con que acabó la vida.

Yo he llegado al fin de mi entretenido sarao y, por último, pido a las damas que se reporten en los atrevimientos si quieren ser estimadas de los hombres; y a los caballeros, que muestren serlo honrando a las mujeres, pues les está tan bien; o que se den por desafiados porque no cumplen con la ley de caballería no defendiendo a las mujeres. Vale.