EL PUÑAL DE ESTRATÓN

Dos días han trascurrido desde que tuvo lugar la última entrevista de los dos esposos; el príncipe de los ismenios se prepara a partir, en cuanto raye la aurora, para el campo macedonio, a fin de llegar de incógnito al cerrar la noche; pocas personas van en su compañía, pero le sigue de cerca un formidable ejército.

Señor de Maracanda, y teniendo a su devoción las dilatadas costas de la Bactriana, va a dirigirse, con ánimo sereno y a favor de un disfraz, a dar el golpe mortal en el corazón de su rey y señor, el magnánimo Alejandro, en la noche misma de sus regias bodas.

Efestión odiaba al monarca porque ambicionaba su corona; pero le aborrecía mucho más desde que sabía que le había robado el corazón de Hermione.

Así, pues, muerto Alejandro, se hacía proclamar rey inmediatamente, se deshacía de un poderoso aunque inocente rival, y recogía de una vez el fruto de todos los crímenes de su vida.

Tendiose en el lecho, y bien pronto el sueño cerró sus fatigados ojos.

Dejémosle dormir, y vamos en busca de Hermione, cuya triste suerte es harto digna de compasión.

Sentada la joven, tenía las manos cruzadas sobre las rodillas; su semblante, hermoso hasta el grado más sublime, estaba pálido como el mármol; sus grandes ojos azules, serenos como el cielo de un día de estío, estaban ahora fijos e inmóviles; y sus largos cabellos negros, sueltos, la envolvían como un manto de seda y bajaban a ensortijarse en sus diminutos pies. Una túnica de lana fina y blanca, a la manera de las de las sacerdotisas druidas, y un manto de púrpura de Tiro, sujeto en el hombro con un broche de pedrería, componían su traje, que llevaba desceñido y en el mayor desorden.

La pobre Teane, sentada a sus pies, lloraba amargamente sin que interrumpiese el sepulcral silencio que reinaba en la estancia otro rumor que el que producían los sollozos de la anciana.

De repente levantó la princesa la frente y sacudió la cabeza con un fiero movimiento de arrogancia.