—Basta de llorar, madre mía —dijo dirigiéndose a Teane—: muera el asesino de mi padre: él me inspira desde el cielo, donde mora en compañía de los dioses. ¡Oh, padre mío! ¡Oh, hermanos! ¡Voy a vengaros para dar paz a vuestras sombras irritadas!

Calló la princesa sin atreverse a formular el pensamiento que dominaba a todos los demás en su alma; el amor tenía no pequeña parte en su resolución; pero Hermione no quería confesarse a sí misma lo que juzgaba una innoble flaqueza.

En su alma fuerte existía el germen de todas las virtudes, y la desgraciada princesa hubiera sido una mujer sin igual si hubiera nacido en nuestro siglo y bajo el cielo de nuestra hermosa España.

Levantose Hermione, imitándola Teane, que abrió en seguida la puerta.

Eran las once de la noche; la nodriza encendió una linterna sorda y salió para llamar al capitán de guardias de la princesa, que entró un momento después seguido de aquella.

—¿Está la carroza prevenida, Estratón? —preguntó la joven.

—Sí, señora —contestó este.

—¿Y mi guardia?

—Os espera.

—Seguidme, pues —dijo Hermione—; pero no me obliguéis a dar el golpe fatal, añadió con temblorosa voz.