Nada respondieron sus taciturnos compañeros, y siguieron caminando por las largas galerías que conducían al aposento del príncipe.

Al pasar por la antecámara, encontraron dormida a toda la guardia, menos a Nearco, su capitán, que se paseaba junto a la puerta que daba paso a la estancia de Efestión; la débil luz de una tea, colocada en un pebetero de oro, iluminaba el semblante del joven guerrero al pasar por delante de ella, volviendo a dejarle en la sombra cuando se alejaba con mesurado paso.

Solamente el acompasado ruido de su armadura turbaba el silencio que reinaba en aquel aposento.

Al divisar Nearco a la joven princesa, descubrió su cabeza y se adelantó a recibirla con el yelmo en la mano; mas Estratón se abalanzó sobre él, y cubriéndole la cabeza con una capa, le hundió su puñal en la garganta.[8]

[8] Histórico.

El capitán cayó sin lanzar un gemido, y en su rostro juvenil apareció la inmovilidad de la muerte.

—¡Adelante, señora! —dijo Estratón—: tened valor.

—¿No pudierais ir solo? —dijo Hermione, más pálida que el cadáver que yacía tendido a sus pies, y pasando una mano por su frente bañada de helado sudor.

—Imposible —respondió Estratón—: si vos no me acompañáis, yo también me retiro.

—Y mañana —murmuró Teane—, mañana morirá sin remedio el rey a manos de Efestión.