Al finar aquel día, es decir, a la misma hora en que debía penetrar Efestión, según sus designios, en el campo de los macedonios, llegó a él la princesa: los arqueros del rey divisaron la crecida escolta que acompañaba la carroza, e inmediatamente dieron la voz de alerta.
Todas las tropas se formaron delante de las tiendas.
Apeose la princesa, habiéndole tenido el estribo el príncipe de Epiro, joven el más apuesto y arrogante de todos los que componían la corte de Alejandro el Grande.
El campamento presentaba un espectáculo de que no podemos tener idea en nuestros días: la anchurosa llanura, en la cual se habían construido las tiendas, se veía iluminada por el resplandor de mil hogueras que habían encendido los soldados en señal de regocijo; brillaba la luna en el firmamento, derramando sus plateados rayos que iban a quebrarse en las lucientes armaduras de los guerreros.
Aquellas dos luces hacían un magnífico y sorprendente contraste, y sus fulgores luchaban en brillantez, venciendo, no obstante, a los rojizos resplandores de las hogueras los puros y argentinos rayos de la antorcha celeste.
Veíase en primer término una larga fila de tiendas, tan profusamente alumbradas en su interior que parecía que un radiante sol les prestaba sus fulgores; sus cortinas eran de tisú de plata recamadas de pedrería; en todas ellas tremolaban los estandartes de Persia y Macedonia, columpiados por el suave viento de la noche, y en su parte más elevada se ostentaban, formados con flores, los nombres de Alejandro y Estatira.
La primera de aquellas tiendas estaba ocupada por la familia real; las demás por los príncipes confederados de toda el Asia, que habían acudido a la gran solemnidad que se celebraba con motivo de las regias bodas.
Los pajes, escuderos y soldados tenían un poco más retiradas sus tiendas, pero su número era tan grande, que hubiera sido una locura el intentar contarlas.
La infeliz Hermione sintió que su corazón se destrozaba al contemplar aquel hermoso cuadro. Palideció de pronto, y sus labios temblaron convulsivamente; pero, haciendo un violento esfuerzo, presentó sonriendo su mano al joven Demetrio que la esperaba.
—Conducidme a la tienda del rey, príncipe —dijo con dulce voz al caballero.