Y pasó con semblante sereno, e inclinando la cabeza para saludar, por delante de las filas de soldados, que doblaban ante ella sus picas y ballestas.

La carroza quedó rodeada de la guardia de la princesa, a la cual siguió Estratón con Teane hasta el umbral de la tienda de Alejandro; allí se detuvieron con los príncipes y cortesanos que iban en pos de la joven.

Hermione se quedó inmóvil y como petrificada al levantar dos heraldos las amplias cortinas de la tienda real.

Recostado el monarca en una otomana, tenía a su lado a su joven esposa. Cerca de ellos se veía a la anciana reina de Persia, Sisigambes, madre del rey Darío, en cuyas rodillas estaba sentada la niña Aspasia, hermana de la desposada.

La regia abuela contemplaba a sus nietas con entrañable amor, y de vez en cuando acercaba sus labios a los dorados y perfumados bucles de la niña que tenía en su regazo; aquella venerable anciana era el único apoyo que el cielo había dejado a las huérfanas de Darío.

Todos los historiadores convienen unánimes en elogiar la maravillosa belleza, aunque de género diferente, de las princesas de Persia.

La esposa de Alejandro contaba entonces diecisiete años, y su talla elevada era esbelta y débil, como las jóvenes palmeras de su nación; tenía los ojos extremadamente grandes, negros y brillantes como el azabache bruñido, pero melancólicos y pensativos; la dirección natural de su mirada era de frente, pero notábase en ella una ligera inflexión hacia el cielo, como si mirase más allá de este mundo; por eso, sin duda, sus larguísimas y ensortijadas pestañas se unían casi a sus arqueadas cejas de suave y delicado dibujo. En aquellos hermosos ojos se encerraba una historia entera de amor y tristeza.[9]

[9] Sabida es la entrañable pasión que la joven Estatira alimentaba por el príncipe de Escitia, y bien notorio es también que solo consintió en ser reina de Macedonia, por evitar a su anciana abuela y a su joven hermana el cautiverio de Alejandro.

Jamás habían crecido sus cabellos más que hasta el extremo del cuello que se une a la espalda, y a la que las criollas de las Antillas —únicas mujeres que poseen estas cabelleras cortas y espesas— llaman collar de Venus; pero allí se ensortijaban en gruesos y lustrosos anillos de un negro azulado, como el plumaje que viste las alas del cuervo. Tal vez, inspirados los macedonios por la sublime hermosura de aquella cabeza de querubín, apellidaron a su joven soberana el ángel triste.

El resto de sus facciones era de una belleza tal, que al ver a Estatira se experimentaba un vago sentimiento de melancolía, y parecía imposible que aquella divina criatura pudiese vivir en el mundo.[10]