[10] La reina de Macedonia vivió, no obstante, largos años, y su existencia, tan frágil al parecer, fue combatida por terribles dolores.
Cuéntase que al formar Praxíteles la célebre estatua de la princesa, que se conserva en Atenas como una maravilla de arte y hermosura, tachó de demasiado débiles y delicadas las formas del modelo, y que notándolo ella, le dijo con dulce y triste sonrisa: El pan del cautiverio, amigo mío, me ha hecho crecer, pero no ha podido nutrirme; y a la verdad que no le faltaba razón, porque sus manos eran delgadas hasta la transparencia, delgada también su garganta como la de una niña, y en su seno, blanco como el lirio de los valles, se dibujaban con claridad sus azuladas venas.
La princesa Aspasia contaba dos años menos, y era pequeña, rubia, rosada y gruesa, como una de esas jóvenes que ha reproducido el pincel de Boucher; sus ojos azules eran dulces y alegres; la blancura de azucena de su frente, sienes y garganta hacía un precioso contraste con el sonrosado de sus mejillas; sus cabellos, de un rubio dorado y brillante, bajaban en sedosos y largos bucles hasta tocar su cintura, y su sonrisa era encantadora, y admirable la perfección de todas sus formas.
Tenía puesta una túnica blanca, y su manto era azul lo mismo que la banda que ceñía su cabeza.
La esposa de Alejandro llevaba un traje de brocado de oro, aunque con dificultad podía asegurarse por la profusión de pedrería de que estaba cubierto; formaban el dibujo de la tela los rubíes, topacios y amatistas, y el ramaje las más ricas y brillantes esmeraldas; su rizada y negra cabellera estaba sujeta con un ancho cintillo de diamantes, y llevaba semicubiertos los hombros con el manto real.
En cuanto al rey de Macedonia, su belleza era de ese género que no se puede olvidar jamás cuando se ha visto una vez. Tenía su tez ese moreno de ámbar que ejerce una seducción tan poderosa cuando es realzado por unos grandes ojos negros, de azulado globo; por una boca de subido carmín, sombreado por un negro bigote y por una abundante cabellera de color castaño. No era alto, aunque su estatura pasaba algo de los límites regulares, y sus formas, esbeltas y nerviosas, eran perfectas como las del joven Apolo. Estaba armado enteramente; llevaba, como Estatira, el manto real, bajando sus largos pliegues hasta besar el pavimento, y ceñía sus sienes la doble corona de Macedonia y de Persia, cuyos imperios estaban simbolizados en florones de oro y pedrería.
La princesa, inmóvil en el umbral, miraba atónita al interior de la tienda. Asemejábase a un pobre pájaro fascinado por los ojos de un halcón; detrás de ella esperaban Teane y Estratón a que penetrase para seguirla.
Al aparecer la joven, el rey y la reina se pusieron de pie: habían oído batir marcha, y conocido que la persona que se acercaba era de elevada jerarquía, adquiriendo esta certeza al ver el majestuoso continente de la recién llegada.
Aspasia bajó de las rodillas de su abuela, la cual se incorporó con trabajo en la pila de cojines en que estaba recostada. Hermione no avanzó un paso, sin embargo; muda, helada, seguía embebida contemplando al rey y a las princesas; la presencia de Alejandro la sumergía en un éxtasis delicioso; pero la vista de su esposa, tan bella y adorable, desgarraba su corazón.
Alejandro recordó al fin haber visto otra vez a aquella hermosa y melancólica joven, y al cabo de breves instantes de reflexión, se presentó vivamente a su memoria la hija de Crádates arrodillada a sus pies, como la había contemplado un año antes.