—Los dioses os den paz, princesa —dijo adelantándose para recibirla—: bienvenida seáis.

Aquella voz vibrante y sonora sacó a Hermione de su doloroso letargo; pero sus rodillas se doblaron y cayó de hinojos a los pies del rey: diríase que una fatalidad implacable obligaba a la infeliz a doblar siempre la frente a las plantas del hombre a quien tanto amaba.

—Alzad, princesa —dijo Alejandro, tomando en sus torneadas y nerviosas manos las yertas de Hermione—. Alzad, os lo ruego —añadió con seductor acento.

Mas como viese que la joven no abandonaba su postura:

—¿Queréis algo? —prosiguió—: ¿en qué puedo serviros?

De súbito se nubló su frente, y sus cejas se contrajeron con un movimiento nervioso.

—¿Y vuestro padre? —preguntó después vivamente y dirigiéndose a la princesa—: ¿qué es de él y de vuestros hermanos?

—¡Han muerto, señor! —contestó Hermione con voz baja y temblorosa.

—¿Han... muerto?... —repitió Alejandro, cuyo corazón sensible como el de una mujer saltó en su pecho con violento latido—. ¡Han muerto!... ¿quién los ha muerto, Hermione?

—¡Este traidor!... —exclamó Teane abriéndose paso entre la multitud que obstruía la puerta; y mostrando en la mano la ensangrentada cabeza que sacó de la capa en donde la llevara envuelta, se precipitó también a los pies del rey—. ¡Sí! —prosiguió la vengativa anciana—: Efestión es el verdugo de Crádates, de sus hijos y del mío. Efestión —repitió enjugando con fiereza las lágrimas que aquel doloroso recuerdo le arrancara—, Efestión, que iba a ser también vuestro asesino, porque quería ceñir a su frente vuestra corona; pero su esposa, ¡oh gran rey!, os ha salvado y me ha vengado, vengándose a la vez a sí misma.