—¡Su esposa! —gritó Alejandro con un acento que estremeció a todos; y cubriéndose el rostro con las manos, huyó al extremo más lejano de la estancia.
Hubo un largo silencio interrumpido únicamente por los sollozos de la princesa, que inclinaba la frente hasta el suelo. ¡Ay, desventurada, aquel grito le decía bien claro que habían muerto todas sus esperanzas!
Alzó por fin el monarca la frente, cubierta de lívida palidez, y sus ojos brillaron con un fulgor sombrío.
Nadie ha puesto en duda la rígida virtud de Alejandro, porque dio de ella tan evidentes y poderosas pruebas que la envidia o la calumnia han sido siempre impotentes para herir su glorioso renombre; a la fama de sus hechos de armas iba unida la de sus rasgos de generosidad y de su severa justicia; perdonó en todas ocasiones sus propias ofensas, por graves que fuesen, pero se manifestó inflexible para castigar delitos y hasta leves faltas si argüían crueldad de corazón o bajeza de sentimientos.
Efestión era reo de los más odiosos crímenes: traidor y asesino de Darío, traidor a Alejandro y asesino de Crádates y de sus hijos, merecía mil muertes; mas todo se borró de la memoria del rey: al oír que había muerto por la mano de su esposa, no pensó siquiera en que debía su corona y su vida a aquel crimen, no; vio el crimen solo con todo su horror y en toda su desnudez, y para él, Efestión era la víctima, Hermione era el verdugo.
—¿Conque esta mujer —dijo lentamente—, ha asesinado al hombre a quien unió su destino? ¿Quién te mandó castigar las ofensas que me había hecho, monstruo de iniquidad? ¿Por qué exceso de maldad has querido manchar tus manos con la sangre de tu esposo? ¡Oh, Crádates! —prosiguió alzando su vista al cielo—: ¡no me es dado castigar tu muerte! ¡No puedo vengar las vuestras, Casandro, Tolomeo!... ¡Esta furia, a la cual llamasteis hija y hermana, me ha robado con su horrible crimen el derecho de hacer justicia!
—¡Yo no he sido quien le mató!... No... ¡no he sido yo!... —gritó Hermione en el vértigo del dolor más agudo, y retorciendo sus manos.
El rey lanzó a la infeliz joven una mirada que ahogó su voz y aniquiló sus fuerzas.
—Quitad de mi presencia a esa mujer —dijo dirigiéndose a su guardia, y que jamás vuelva a parecer ante mis ojos.
—¡Bárbaro!... —gritó la princesa, en cuya mirada azul y brillante radiaba una ráfaga de delirio—. ¡Hombre cruel! Ya que me arrojas de tu presencia para siempre, oye al menos el secreto que hace tanto tiempo destroza con su peso mi corazón. ¡Yo te amo!... y esta fatal pasión no la han podido apagar la ausencia ni el dolor. ¡Ah! ¿Y tú piensas que la que ha sabido conocerte y amarte haya sido capaz de clavar un puñal en el pecho de su marido? No me opuse a ello, porque sabía que iba a robarte la corona y la vida, y quise salvarte una y otra, pero mis manos no se han teñido de sangre, e ignoraba que traían a tu vista este sangriento despojo. ¡Mírame, Alejandro! —prosiguió la pobre joven arrastrándose de rodillas por el duro pavimento—. ¡Mírame, y verás mi frente marchita por el dolor! ¡Mírame, y encontrarás mis ojos secos y abrasados a fuerza de llorar!... ¡Ya no tengo padre, ni hermanos!... ¡No tengo a nadie que se compadezca de mí!... ¡Ten tú, al menos, piedad, por lo que más ames!