Calló la princesa, quebrantada por aquel horrible dolor; dobló la cabeza sobre el pecho, y una espantosa convulsión recorrió todo su cuerpo.
Sus ojos no derramaban una lágrima siquiera; fijos e inmóviles, parecían los de una sonámbula o los de una muerta. La reina había dejado su asiento y acercádose a ella poco a poco; cuando la vio próxima a desfallecer, dobló una rodilla en tierra y apoyó piadosamente en su regazo la cabeza de la infeliz Hermione, que cerró los ojos exhalando un doloroso y profundo gemido.
—¡Llevaos de aquí a esa mujer! —repitió Alejandro, sin volverse a mirar a la joven que yacía inanimada.
—¡Piedad, señor! —exclamaron a la vez la reina y su hermana, juntando las manos con suplicante ademán y con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Piedad, hijo mío! —repitió la anciana Sisigambes con alterada voz.
—¡Arqueros! —gritó Alejandro, en cuya bella y majestuosa fisonomía se pintó una terrible expresión, capaz de intimidar a los hombres más valientes—, ¡preparad las armas para dar muerte a la culpable!
Los soldados, obedientes, montaron los arcos; pero los detuvo un terrible grito de la reina.
—¡Soldados! —dijo cubriendo a Hermione con su cuerpo—: mi pecho es el escudo de esta joven; si os atrevéis, pues, asestad esos dardos a vuestra reina.[11]
[11] La angélica bondad de la reina Estatira, y su piedad por todo el que sufría, le atrajeron terribles desgracias, y los beneficios que dispensó esta princesa fueron siempre recompensados con la ingratitud de los que los recibieron.
Desapareció súbitamente la expresión de furor que trastornaba el semblante del rey, y quedó más pálido que la piel de cisne que guarnecía su manto real; adelantose rápidamente y puso una mano sobre la cabeza de su esposa, como si de ese modo quisiera protegerla del peligro que la amenazaba. Al mismo tiempo hizo una imperiosa señal a los soldados, que permanecieron inmóviles con las flechas en los arcos.