—Llevaos a esta joven, Demetrio —dijo Estatira en voz baja al príncipe de Epiro, y ponedla en salvo de la ira del rey.
Con un rápido movimiento cogió el joven a Hermione, y la sacó de la tienda dejándola en los brazos de su nodriza como si fuera un niño dormido.
—Alejaos sin perder tiempo de las trincheras de los macedonios —dijo el príncipe a Estratón, en tanto que clavaba en el hermoso semblante de Hermione una mirada ardiente y melancólica. Después exclamó:
—¡Pluguiese a los dioses, desventurada Hermione, que jamás te hubiera conocido, o que al menos me fuese dado el consuelo de morir junto a ti!
La infortunada princesa quedó yerta e inmóvil sobre la húmeda campiña. Teane se sentó a su lado llorando amargamente, mientras Estratón, que se había subido a una pequeña eminencia, parecía escuchar con ansiedad.
—¡Vienen!... —gritó percibiendo el galope de muchos caballos—, ¡nos persiguen!... Teane, ¡huid con la princesa!
Pero antes de expirar en sus labios estas palabras, se precipitaron los soldados del rey en la llanura.
—¡El culpable es ese hombre! —exclamó Teane rodeando con sus brazos a la princesa, y señalando a Estratón—: ¡matadle!... ¡él es el asesino!
La anciana, al ver amenazada de muerte a su querida hija, se olvidó de todo y solo pensó en salvarla.
—No temas nada, buena vieja —dijo el que parecía mandar a los demás—: solo venimos a buscar a ese hombre; el rey no quiere nada con las hembras.