—¡Me buscáis a mí!... —exclamó el capitán elevando al cielo sus negros ojos con una indefinible expresión—. Voy a seguiros —añadió—, pero dejadme antes dar el último adiós a la princesa.

Arrodillose Estratón y pegó sus labios a la helada mano de la joven; mas irguiéndose de pronto, y con un rápido movimiento, apoyó en tierra la empuñadura de su espada, y se atravesó el pecho de parte a parte, bañando el suelo con su sangre y dando el postrer aliento en un hondo gemido.

Los arqueros se encogieron de hombros, como satisfechos de ahorrarse el trabajo de conducir al capitán, y volvieron grupas, tomando otra vez al trote el camino que conducía a sus trincheras.

Hermione continuaba tendida en la yerba, pálida e inanimada; únicamente velaban aquel letargo mortal una anciana que sollozaba y un cadáver tendido a sus pies.

La luna alumbraba, apacible y plateada, aquel cuadro desolador.

VI

EL CAMPAMENTO

Pocos días después de los acontecimientos que acabamos de referir, y el mismo en que se dio a orillas del Ganges la batalla que derrotó al ejército sublevado por Efestión, sometiendo de nuevo al poder de Alejandro a Maracanda y Edesa, presentaban las llanuras de Babilonia un espectáculo hermoso e imponente a la vez.

Humeaban a un tiempo cien altares, dispuestos para los sacrificios con que el ejército vencedor daba gracias a sus dioses.

Cien inocentes y blancos corderillos fueron inmolados, y sus entrañas se observaron prolijamente por los sacrificadores, sin que encontrasen en ellas otra cosa que indicios de ventura.