Aquellos altares iluminados con teas y bañados por el sol; los sacerdotes con sus blancas vestiduras talares; el incienso que se elevaba en nubes hacia el azulado firmamento; los cien guerreros prosternados, en cuyas armaduras de brillante acero reflejaba su luz la antorcha de los cielos; el sonido de los atabales e instrumentos bélicos; todo, en fin, contribuía a formar un cuadro magnífico y deslumbrador.
Los heridos que resultaron de la refriega habían sido conducidos a las tiendas, donde eran cuidadosamente asistidos.
Solamente un guerrero, cuyo pecho se veía atravesado por una daga, había quedado tendido bajo un árbol, por temor de que perdiese la vida al trasladarlo: otros dos personajes velaban su agonía, de los cuales el uno era un anciano, y el otro un joven que parecía sumido en la más viva aflicción.
Pero mirando con cuidado a aquellas tres personas, fácilmente se hubiera conocido que dos de ellas ocultaban su sexo de mujer bajo la ruda vestidura del soldado; patentizábanlo así sus largas cabelleras, negra como el azabache, en la que tenía la daga clavada en el pecho, y blanca en la que lloraba. En cuanto al otro personaje, se adivinaba claramente que era un hombre al observar sus cabellos cortos, la enérgica belleza de sus facciones, y la pasión que ardía en sus negros ojos, aunque velados a la sazón por una profunda tristeza.
—¡Hermione!... —decía aquel hombre sosteniendo la cabeza de la joven herida—. ¡Es posible que me abandones cuando he vuelto a encontrarte!... ¡Es cierto que he podido clavar mi daga en tu corazón! ¡Es verdad que soy yo quien te da la muerte!
—No os aflijáis... así... Demetrio —contestó ella con débil y cortada voz—. Os soy deudora de la única dicha que apetecía en la tierra... la de morir... porque únicamente para buscar la muerte me disfracé de este modo, y corrí a mezclarme con los enemigos de Alejandro...
Calló Hermione bajo el peso de su fatiga, y llevó una mano a su pecho; mas este movimiento le produjo un dolor tan agudo, que cerró los ojos exhalando un lastimero gemido.
—¡Hermione! ¡Hermione!... —exclamó el príncipe de Epiro inclinándose hasta tocar la frente de la desventurada princesa—. ¡Miradme por lo que más améis... volved en vos... tened piedad de mí!...
El desgraciado joven deliraba por la fuerza del dolor: había amado a la princesa desde el instante en que la vio, y hallándola en el combate disfrazada de guerrero y entre los enemigos de su rey, la había herido mortalmente sin conocerla.
No creáis en las inspiraciones del corazón de los hombres. Demetrio tuvo delante a la mujer a quien como un loco amaba; a aquella con quien soñaba dormido, y cuya imagen tenía incesantemente ante sus ojos; y sin embargo, levantó su puñal sobre aquella mujer y derramó su sangre, sin que su corazón le avisase con un latido de que aquella infeliz, a quien sacrificaba, era el único ser que le inspiraba tanto amor.