Poned delante de una mujer a su amante; disfrazadle como queráis, decidle que el hombre que ve es su más mortal enemigo; obligadla a que le hiera, y veréis cómo palpita su seno, cómo tiemblan sus labios, cómo asoma a sus ojos el llanto; veréis, por fin, que se desprende el puñal de sus manos y que no hiere, porque su corazón le avisará y le gritará más fuerte que vuestra voz.
La princesa abrió los ojos al oír los dolorosos gritos de Demetrio, y aun pudo sonreír con dulzura.
—¿Por qué os atormentáis de ese modo, amigo mío? —dijo con lentitud dolorosa—, ¿no os he dicho que la muerte es... la única dicha que puedo alcanzar en este mundo?... ¿Qué importa que sea vuestra mano la que me hace tanto bien?...
—¡Morir ahora, Hermione!... —gritó el príncipe con desesperación—; ¡y morir por mi causa, cuando daría yo mi existencia toda por una sola mirada vuestra!... ¡Morir, cuando sin cesar os he buscado para deciros que os amaba!... ¡Cuando tal vez podía esperar vivir siempre junto a vos y llamaros mía!... ¡Ah!... ¡Sería el cielo injusto, y eso no es posible!...
Mas, como si el mismo cielo hubiera querido aniquilar hasta la última esperanza del enamorado joven, vio que se agitaba Hermione en una última convulsión, y que cubría sus grandes ojos el velo de la muerte.
—¡Padre!... ¡Hermanos míos!... Ya voy... esperad... También tú me llamas... Efestión... espérame, pues... el cielo va... a juzgarnos a los dos...
Incorporándose, por último, hizo un doloroso esfuerzo; estrechó entre las suyas las manos del príncipe, y después extendió los brazos a Teane.
—Demetrio,... olvidadme... y sed feliz... —murmuró todavía—; defended a Alejandro... y decidle... que muero... amándole, y que le bendije... al expirar... ¡Madre mía!... ¡Adiós!
Su postrer suspiro se exhaló en su último acento; quedó inmóvil su cabeza en las rodillas del príncipe, y yertas sus manos en las de Teane.
La desdichada princesa únicamente columbró el amor feliz al borde de la tumba.