El sol alumbró su agonía, como iluminaba los sacrificios que celebraban en la llanura, y lo mismo que iluminó la luna su largo desmayo en el campo de los macedonios.
Trascurrido un corto espacio de tiempo, murió Alejandro en un banquete que le dio uno de sus favoritos; pero como no es mi ánimo narrar ahora un acontecimiento que conocerán gran parte de mis lectores, y que pienso contar en otra historia a los que lo ignoren, me limitaré a terminar esta leyenda del mismo modo que Eugenio Sue finaliza su Marquis de Létorière:
Algunos años después casó el príncipe Demetrio con una princesa griega.
Confieso que esta conclusión no es de mi gusto; pero es histórica, y yo, novel escritora, tengo un indecible placer en plagiar algo del célebre novelista francés: la he preferido además porque demuestra hasta la evidencia la constancia de los hombres en el amor.
LA HERMANA DE VELÁZQUEZ
I
LA VELADA DE SAN JUAN
Serena y bella era la noche del 24 de junio de 1629. La alameda, que aún hoy se extiende a orillas del tranquilo Manzanares, era entonces más frondosa y se llamaba Alameda del río: en las noches de verano, allí era donde tenían lugar las citas misteriosas de los galantes caballeros de la corte de Felipe IV con las bellas tapadas, aunque en verdad no se concebía el motivo de tal secreto, atendida la libertad de las costumbres de la corte.
En la noche de que voy hablando, la concurrencia era mucho más numerosa aún que de costumbre; la alameda, iluminada por multitud de farolillos de colores, presentaba el aspecto más alegre y animado por los gritos de los vendedores de rosquillas, panales y aloja; veíanse aquí y allá tiendas formadas en la enramada, en cuyo fondo cenaban amantes parejas o alegres amigos, entre los cuales no faltaba algún poeta de los muchos que florecieron durante el reinado de Felipe IV.