La alameda estaba poblada de gentes de ambos sexos: al pasar las damas por delante de las luces de los faroles, lucían, a despecho del misterioso y engañador manto que las cubría, los brocados de sus trajes, las joyas que adornaban sus cabellos y la hermosura de sus negros y rasgados ojos.

Oíanse por todas partes palabras perdidas, suspiros de amor o advertencias recatadas, formando todo tan extraño rumor que en vano uno de los muchos observadores recelosos que se hallaban allí hubiera querido analizarlo.

—Junto al álamo grande señalado con una cruz —decía una dama que pasaba, apoyada en el brazo de otra, al oído de un caballero que permanecía parado e inmóvil como quien espera algo.

—¡Mi marido está aquí! —murmuraba otra volviéndose al galán que la seguía.

—¡Cuánto te amo, Leonor mía! —suspiraba un apuesto marqués pegando su boca al manto de la rubia y encubierta duquesa que se apoyaba en su brazo con provocativo abandono.

Y palabras, suspiros y recatados avisos iban a perderse entre las auras perfumadas de aquella hermosa noche de estío.

En una de las tiendas iluminadas por farolillos y formada de verdes ramas, cenaban dos hombres. Aquella parte era la más animada y concurrida de la alameda: una de las muchas músicas con que los galantes caballeros obsequiaban a sus damas enviaba al fondo de la tienda sus armoniosos ecos, y las carcajadas y las risas penetraban allí también como si quisieran alegrar a aquellos dos hombres, cuyo continente, si bien no adolecía de melancólico, era extrañamente grave.

La mesa estaba servida con todo el lujo peculiar de una romería, y brillantemente iluminada; los manjares que la cubrían eran sabrosos y abundantes. El de más edad de los dos caballeros aparentaba treinta y ocho años: era alto y de formas abultadas; sus cabellos, de un rubio oscuro, bajaban formando ondas alrededor de su cara hasta tocar sus hombros; sus ojos azules, rasgados y expresivos, veíanse veteados de negro, dándoles esta circunstancia un seductor matiz.

Llevaba una riquísima ropilla de terciopelo azul bordada de oro; una capilla de terciopelo granate, y su sombrero, adornado de una hermosa pluma blanca, estaba colgado a su espalda.

Aquel caballero era don Juan Hurtado de Mendoza, duque del Infantado y mayordomo mayor de S. M. el rey Felipe IV.