El que se veía sentado enfrente de él aparentaba unos treinta años; era de estatura mediana y llena de gallardía; su tez morena, sus negros y brillantes ojos, sus cabellos de azabache lustrosos y rizados le daban a conocer por un hijo del mediodía de España; era su boca de una admirable hermosura, que realzaba el negro y retorcido mostacho; su nariz, recta e intachable, y en su ancha frente se veía radiar un genio sublime.

Su traje era mucho más modesto que el de su compañero: reducíase a una ropilla de terciopelo violado sin adornos, aunque cerrada por unos preciosos herretes de diamantes; caían sobre su cuello de batista lisa los luengos y espesos rizos de sus negros cabellos, cuya densa sombra contrastaba con la azulada blancura de aquel.

La nobleza de su sangre se advertía claramente en sus afiladas y nerviosas manos, y en sus pies de una pequeñez y delicadeza infinitas.

Llamábase don Diego Velázquez de Silva, y era pintor de cámara y gentilhombre de la majestad de Felipe IV.

En el momento que presento a estos dos personajes a mis lectores, ambos parecían casi hastiados ya de comer; a lo menos, sus platos medio llenos atestiguaban que habían satisfecho cumplidamente su apetito.

—Veo que la expresión de mi admiración sincera os molesta, amigo don Diego, y que os son enojosos mis elogios —decía el duque a Velázquez al mismo tiempo que un gallardo caballero, pasando junto a la tienda en que se encontraban ambos, echaba a su fondo una mirada indagadora.

—No lo creáis, señor don Juan —contestó el artista con aquella dulce cortesía llena de dignidad que tan querido le hizo siempre de toda la grandeza—, no lo creáis por vuestra vida: vuestros elogios me son más caros que otros, porque me tenéis dadas pruebas verdaderas de ser muy mi amigo.

—¡Oh!, y como que lo soy, Velázquez —exclamó el duque, cuya bella y noble fisonomía se animó de una expresión de orgulloso cariño.

—Lo sé, señor don Juan; por lo mismo aceptaré vuestros elogios si juzgáis que los merezco, después que os haya dicho de dónde bebía yo antes la inspiración para mis cuadros.

—¿Cómo antes? —exclamó asombrado el duque—. ¿Pues qué, Velázquez, carecéis ahora de inspiración en la época de vuestros trabajos más admirables?