—¡Oh, no! —exclamó el pintor con ardimiento—, ¡no! Por el contrario, ahora bebo mi inspiración en otro manantial más puro.

—¡Por Dios que no os comprendo! Vos habéis nacido pintor, como Quevedo poeta.

—No lo creáis. Nadie nace pintor, poeta, ni músico: lo más que nos acompaña, al nacer, es cierta predisposición o facilidad, más o menos grande, para esta o aquella otra cosa, facilidad que desarrolla en nosotros una pasión más o menos noble también.

—¿Qué es lo que ha desarrollado en vos vuestro sublime genio?

—Aun concediéndoos, señor don Juan, que yo naciese con genio, fue este tan raquítico y menguado en su nacimiento que tuve que apelar a la imitación para desarrollarle.

—¿Vos?

—Yo, sí; y contad con que ni a mi padre, Juan Rodríguez de Silva,[12] ni a mi maestro y suegro, don Francisco Pacheco, he hecho nunca la confesión que hoy hago a vuestra amistad.

[12] Velázquez usó siempre con preferencia el apellido de su madre doña Jerónima Velázquez, por efecto de un uso introducido en Andalucía.

El duque se inclinó del mismo modo que lo hubiera hecho al recibir una merced de un príncipe real.

—He inquirido —continuó Velázquez— en Alberto Durero la simetría del cuerpo humano; en Andrés Bexalio, la anatomía; en Juan Bautista Porta, la fisonomía; la perspectiva, en Daniel Barbar; la geometría, en Euclides; la aritmética, en Moya; la arquitectura, en Vitruvio y otros autores; examiné la nobleza de la pintura en Romano Alberti; la brevedad y presteza la aprendí en Micael Angelo Vedrido; el Vasari me ha animado con las vidas de los pintores ilustres, y el Riposo de Rafael Borghini, me ha enseñado erudición.[13]