El caballero que acechaba aplicó el oído con ávida atención al escuchar la exclamación de Velázquez; este guardó silencio durante algunos instantes: a la sublime expresión de su semblante había sustituido otra de tristeza profunda y amargo desaliento.

El duque tomó cariñosamente una de sus manos, y le contempló por algún tiempo con afectuoso interés.

—Vos tenéis alguna pena, don Diego —le dijo después de esperar en vano por un momento a que el pintor rompiese el silencio—. ¿No soy —añadió— bastante amigo vuestro para que me la confiéis?

—¡Ah, sí, señor don Juan! —contestó el artista volviendo de su distracción y estrechando la mano que tenía asida la suya—; yo os diré de dónde nace mi pesar.

—Presumo que será causado por el amor —dijo sonriéndose el duque.

—Y presumís harto bien —contestó Velázquez lanzando un suspiro, como quien siente aliviado su corazón de un peso enorme.

—¿Y qué dice de esto mi señora doña Juana Pacheco, vuestra noble esposa?

—¡Juana nada sabe! —murmuró el artista con acento melancólico y quedando de nuevo profundamente caviloso—. Escuchadme, señor duque —continuó tras una leve pausa—: voy a confiar a vuestra lealtad el secreto más importante de mi vida, y bastan estas palabras para que vuestra hidalguía conozca lo que me importa.

Inclinose levemente don Juan Hurtado de Mendoza en señal de conformidad, y el pintor de cámara habló así, mientras que el caballero que rondaba la tienda escuchaba con la mayor atención, recatándose el semblante todo lo posible con el ala de su sombrero.

—Cuando salí de la corte, a donde apenas hacía un año que había llegado con objeto de viajar, quedaron en Sevilla mi esposa y mi hija, y recorrí la Italia, la Alemania y Flandes, dejando este país para lo último, porque quería conocer y tratar algún tiempo al rey de la pintura, al célebre Pedro Pablo Rubens, por quien sentía una especie de apasionada admiración.