»No pude, empero, lograr mi deseo. Rubens se hallaba en Inglaterra, pues, tan hábil diplomático como pintor, estaba encargado por la infanta gobernadora de Flandes de negociaciones de paz.

»Al ver fallida mi esperanza, determiné salir pronto de Amberes, pero quise antes ver la ciudad con alguna detención; entonces estaba devorado por tan negra melancolía que en nada encontraba solaz; faltábame a veces la inspiración, que solo me asistía para pintar escenas vulgares y groseras; ninguna imagen de belleza se había grabado en mi alma, que lloraba como una esclava encerrada en una oscura cárcel: casado en la aurora de mi vida con Juana Pacheco, a la que siempre había amado como a una hermana, ninguna pasión había llegado a animar mi corazón.

»Una mañana que daba vueltas al acaso por la ciudad, me encontré sin saber cómo en una calle en extremo solitaria, y terminada por algunos árboles: era una de las salidas de la población.

»Admirado del aislamiento del sitio, y complacido al mismo tiempo de él, me senté al pie de un álamo, y me entregué a una de esas vagas meditaciones inspiradas por la soledad, y que ningún fin tienen.

»Yo no sé cuánto tiempo permanecí allí: cuando levanté la cabeza, vi enfrente de mí una pequeña casa, en cuya fachada se abrían cuatro ventanas; en la más inmediata a mí estaba apoyada una joven, a la cual creí una aparición celeste.

—¿Tan bella era? —preguntó Hurtado de Mendoza con benévola sonrisa.

—Tan bella, que jamás he visto nada que se le parezca: fingíos, señor don Juan, un semblante de quince años, blanco como el alabastro e iluminado por dos ojos azules tan rasgados y hermosos como solo los poseen las flamencas; fingíos una cabellera dorada y sedosa, una boca de ángel, una frente virginal, unas manecitas nevadas y unos pies infantiles, y tendréis una idea aproximada de aquella hermosa niña.

—¿Y os la habéis dejado allí? —exclamó extrañado el duque.

—Perdonadme que no os conteste por ahora a esta pregunta, y que prosiga mi historia —dijo Velázquez con mal seguro acento; luego continuó:

—Durante largo rato permanecí contemplando a aquella angélica criatura, sin que ella separase de mí sus grandes e inocentes ojos, y solo tomé el camino de mi casa cuando la luz de la tarde fue tan débil que ya no podía distinguirla.