»—Adiós —me dijo entonces la desconocida con dulcísima voz, y como si yo fuera un amigo antiguo.

»—Adiós —contesté yo—, hasta mañana —y me alejé lentamente.

»No bien la aurora del siguiente día iluminó el cielo, fui a situarme enfrente de las ventanas de mi ángel, que tardó algún tiempo en llegar.

»—Yo no creí que vendrías tan pronto —me dijo sin embarazo ni rubor—; no he dormido en toda la noche pensando en ti, y a la aurora me rindió el sueño: perdóname.

»—¿Cómo te llamas, hermosa niña? —le pregunté pasmado de tal candor y sencillez.

»—Ana.

»—¿Tienes padres?

»—No. Solo me acompaña una anciana dueña llamada Tadea; nunca he visto a mis padres, y solo conozco a ella y a ti.

»Nuestra entrevista duró largo rato: nadie vino a interrumpirnos ni acudiendo a vigilar por aquella inocente, ni cruzando por aquella solitaria calle.

»Ana me dijo que a veces se pasaban meses sin que alma viviente transitase por allí, y que por eso había sido tan viva su admiración al verme.