»Díjome también que no salía nunca de casa, porque un anciano sacerdote iba a decir misa todos los días a su oratorio; que su dueña recibía para ambas la comida de un mesón por una rejilla practicada en la puerta, y que nadie iba a verlas jamás.

»Despedime por fin. Durante quince días nuestras entrevistas se repitieron, y muy en breve conocí que aquella niña era tan necesaria a mi vida como el aire que respiraba. Bajo la influencia de mi amor, diseñé el cuadro de la coronación que tanto habéis celebrado, y entonces fue cuando advertí que había encontrado la inspiración que antes huía de mí.

»Pero no seguí el ejemplo de Rafael de Urbino retratando a mi Ana en todas las mujeres de mis cuadros, como él hacía con la Fornarina, y a la verdad que hubiera podido hacerlo con más ventaja que él: sus celebradas vírgenes son, por decirlo así, otras tantas profanaciones de la purísima madre de Dios, puesto que todas ellas son retratos de la desenvuelta cuanto bella panadera romana; mientras que, copiando yo la angelical figura de Ana, no hacía ultraje alguno a María, puesto que la pureza de aquella joven era un reflejo de la suya.

»Yo nací, sin embargo, con un extraño instinto de independencia, y soy original hasta en mis ideas: por eso, pues, si bien tomé del semblante de Ana la belleza y la candorosa expresión que le distinguen para mi virgen coronada, di al semblante de la madre de Dios un tinte dorado que contrasta con la tez de nieve de aquella; coroné la frente de María de la copiosa y ondulante cabellera de mi amada, pero lejos de darle el dorado matiz de los rizos de Ana, la vestí de oscura sombra, y de esta suerte he respetado también la belleza de la Reina del cielo, no haciéndola copia de la de una de sus criaturas.

—¡Ah, Velázquez! tenéis razón —exclamó el duque estrechando conmovido la mano del artista—: ¡vos sois noble hasta en vuestros pensamientos!

—Llegó el día de mi partida —continuó Velázquez—; el rey Felipe IV me llamaba a Madrid, ofreciéndome aposento en su propio palacio, y un estudio en la galería del mismo llamada del Cierzo; yo no podía permanecer ni un día más en Amberes, y con el corazón prensado de dolor fui a despedirme de Ana.

»Ella me oyó sin pestañear: cuando hube acabado, me dijo tranquilamente:

»—Llévame contigo, Diego.

»Ante aquella petición, un mundo de alegría se abrió ante mis ojos.

»—¿Me seguirías? —le pregunté ebrio de gozo.