»—¿Por qué no? —me contestó—: yo no tengo quien me ame en el mundo más que tú.

»—Esta noche a las doce vendré a buscarte, Ana mía —exclamé preparándome a dejarla.

»—Pues toma esos papeles —dijo ella sacando del pecho un pequeño paquete—. Hace tres años vino a verme por primera y última vez una dama envuelta en un manto de terciopelo, y los puso en mis manos diciéndome: «Ana, entrega estos papeles al primer hombre que te diga que te ama.» Abrazome en seguida, y desapareció.

»—¿Sin decirte su nombre?

»—Nada más le oí que lo que te he repetido.

»—Hasta la noche, pues, Ana —le dije tomando pensativo los papeles.

»—Hasta la noche —repitió ella.

»No bien llegué a mi casa, rompí el nema, que tenía impresa una corona de conde, y aparecieron a mis ojos dos pliegos pequeños de papel vitela, perfumado y rico, y enteramente llenos de una letra clara y menuda: entre sus dobleces había una larga trenza de cabellos rubios, que despedían un penetrante aroma, y cuyo matiz era igual al de los rizos de Ana.

»Puse en la mesa con religioso cuidado la hermosa trenza, y leí el papel, de cuyo contenido voy a enteraros si me dais vuestra licencia.

El duque aproximó su silla a la de Velázquez como preparándose a escuchar, y este sacó un pliego y empezó a leer lo que sigue.