III
EL RUEGO DE UNA MADRE
«Señor: quien quiera que seáis, debéis tener un corazón sensible, puesto que se ha conmovido con la inocente belleza de mi hija: yo sé que su hermosura no puede inspirar pasiones bastardas, porque hay en ella algo de angélico que Dios, en su bondad infinita, ha querido darle ya que carecía de toda guarda en el mundo.
»¡Plegue al cielo, señor, que no estéis unido con eternos lazos a otra mujer cuando conozcáis a mi pobre Ana, y que sea el matrimonio el puerto salvador que acoja su infortunada juventud! Pero si, por desgracia mía, os habéis ya abrigado a él con otra compañera, os suplico, por el amor de la madre de vuestros hijos, por la memoria de la vuestra, que ni aun así la abandonéis.
»La infeliz niña está sola en el mundo: aunque de noble sangre, su nacimiento fue un crimen, porque su padre y su madre estaban ligados a otros dos seres con los lazos de una eterna unión: su padre la ha olvidado en medio del cúmulo de honores que le abruma y su desdichada madre teme la justa cólera de un esposo ultrajado y demasiadamente noble.
»Si mi hija ha conseguido interesaros, velad vos por ella, señor: si sois esposo y padre, ¡por el cielo!, no os hagáis reo del mismo delito que el que le dio la vida: pero sed su hermano, y llevadla al lado de vuestra esposa, que Ana la amará con todo su corazón, porque es buena como los ángeles de Dios. Sea bastante poderoso el ruego de una pobre madre para cambiar vuestros propósitos de seducción en una resolución generosa; y acordaos, señor, de que la mujer que de este modo os ruega ha caído en ese abismo de remordimientos que os quiere evitar. ¡Sed fuerte, oh señor, sed fuerte al menos por compasión hacia esa infortunada niña que no tiene otro amparo que el de vuestra piedad!
»Si por su dicha fuerais libre, entonces os juro que no podéis encontrar una compañera más dulce y angelical... ¡Oh, sí,... ella os dará esa dicha doméstica que tan escasa es en la tierra!
»Salvad a mi hija de una perdición cierta, atendida su hermosura y el abandono en que vive; sed su protector; os lo pide por vuestra fe de caballero y de cristiano, su desdichada madre. — Ana.
»P. D. — Dadle esa trenza que acabo de cortar de mi cabeza para ella, y contestadme para tranquilizar mi ansiedad, que no puede cesar hasta saber vuestra decisión.»
»Dirigid vuestra carta a Gante, cuartel de San Pablo, sin más señas que estas: A Ana S.»
—¡Es original la aventura! —dijo el duque así que Velázquez acabó de leer el pliego.
—Cuando me enteré de esta carta —continuó el artista guardándola—, un sentimiento de profunda y dolorosa piedad se apoderó de mí: la desgraciada suerte de aquella mujer, que por lo poco que se vislumbraba era una noble dama, me conmovió hasta el extremo de arrasar mis ojos en lágrimas, y me afirmó en el propósito que tenía de llevarme conmigo a España a mi inocente Ana.
»Pensaba conducirla al lado de Juana, según su madre me encargaba, y si bien un sentimiento de amargura se abría paso en mi corazón al pensar en lo dichoso que hubiera podido ser uniéndome a aquella angélica criatura, puedo deciros con verdad que la memoria de los beneficios que debía al padre de mi esposa, la grave y tranquila afección que esta me inspiraba y el amor de mi hija, dominaron bien pronto aquel doloroso pensamiento.
»Salí de mi casa, y dirigiéndome a la de un platero, compré un medallón de oro pendiente de una cadena del mismo metal; encerré en él la trenza de la madre de Ana, y lo guardé, esperando la hora de ir en su busca, y haciendo activamente los preparativos de nuestra marcha, que debía efectuarse al rayar la aurora.
»Dieron, por fin, en la gran catedral las once y media; tomé una escala de seda preparada de antemano, y me dirigí a la vivienda de Ana.
»Ya me esperaba esta en la ventana; asegurando la escala, bajó con pie firme, y mi mano tocó la suya por primera vez, para ayudarla a descender.
»Cuando estuvo en el suelo, puse en su cuello la cadena de la cual pendía el medallón.