»—Guarda —le dije—, guarda, Ana mía, este recuerdo de nuestra madre que te ofrece la mano de tu hermano.
»—¡Ah, Dios mío! —exclamó con indecible alegría—. ¿Y eres tú mi hermano?
»—Sí —contesté con voz firme y pidiendo desde lo íntimo de mi alma perdón a mi madre por aquel generoso engaño, que me recordaría mis deberes—: sí, Ana, yo soy tu hermano, y esta feliz nueva la he encontrado en los papeles que esta mañana me entregaste.
»—¡Ah! ¡Por eso quizá te amé desde la primera vez que te vi! —exclamó apoyándose con abandono en mi brazo, y disponiéndose a seguirme.
»La inocente ni aun pensó siquiera en preguntarme quiénes eran nuestros padres: su infantil inteligencia, ofuscada aún por su total ignorancia del mundo, ni siquiera comprendía los lazos de la sangre.
»Llegamos, por fin, a mi posada: entonces rogué a Ana que se recostase en mi lecho, lo que hizo dócilmente, y bien pronto su igual y dulce respiración me dio a conocer que dormía.
»En seguida, y aprovechándome de su sueño, tomé la pluma y escribí a su madre una carta concebida en estos términos:
«Señora: Ana está en mi poder, segura y amparada para siempre; soy esposo y padre, y ella será la hermana de mi esposa.
»Vuestra hija y yo partimos para España dentro de dos horas: si algún día queréis abrazarla, preguntad por el pintor del rey Felipe IV. — Diego Velázquez de Silva.»
»Dirigí esta carta y me acerqué al lecho de Ana: dormía como un niño en su cuna; pero mi puro amor de artista había sido más santificado todavía con la carta de su desdichada madre, y ni aun llegué mis labios a su frente.
»Dos horas, empero, pasé contemplándola: la vista de su angélico semblante, coronado de rubios rizos, llenaba mi corazón de una calma y bienestar que jamás había experimentado. ¡Ay de mí! Era el amor, que tomaba traidoramente la única forma con la cual podía subyugar mi alma.