»El primer rayo de la aurora brilló, por fin, en el oriente: desperté a Ana, y un cuarto de hora después nos dábamos a la vela en un buque español. Al desaparecer de nuestra vista los últimos edificios de la hermosa ciudad de Amberes, de los ojos de Ana brotó copioso llanto.
»—¿Qué tienes? —le pregunté.
»—¡No lo sé, hermano mío! —dijo ella—; pero me parece que dejo aquí alguna cosa que me es muy querida; y, sin embargo —continuó rodeando mi cuello con sus brazos—, tú y el cabello de mi madre es lo único que me inspira amor en el mundo.
IV
LA HILDALGUÍA ESPAÑOLA
Largo rato hacía que el duque del Infantado estaba absorto en un profundo asombro: miraba a Velázquez como miramos a un ser de una naturaleza superior, porque, si bien las licenciosas costumbres de la corte de Felipe IV le habían estragado el corazón, era todavía bastante capaz de comprender toda la nobleza del artista.
—¿Es, pues, esa joven que trajisteis de Flandes la que hoy pasa por hermana vuestra, y que con tanto cuidado recatáis de las miradas de todos? —preguntó al fin al pintor.
—Sí, señor don Juan —contestó este—; hace un año que Ana vive a mi lado bajo la continua vigilancia de mi esclavo mulato Juan de Pareja; y aunque habita dentro de palacio, no han profanado su belleza los ojos atrevidos de ninguno de esos licenciosos y depravados cortesanos.
—¿Por qué no la habéis enviado, según ofrecisteis a su madre, a Sevilla, al lado de doña Juana?
—¡No puedo! ¡Oh, no puedo separarme de ella!