—¿Luego la amáis?

—¡Más que a mi gloria! —exclamó el artista elevando al cielo una mirada cubierta de ardientes lágrimas.

Un largo silencio siguió a aquel grito escapado del alma generosa del pintor. El duque permanecía inmóvil y pensativo: mucho debía amar a Velázquez aquel orgulloso cortesano, cuando de tal manera le preocupaban sus dolores.

En aquel instante, el caballero que los acechaba se alejó con ligero paso; mas a pesar del cuidado con que hasta entonces se había recatado, cualquiera que le hubiera visto al pasar por delante de una de las tiendas próximas, cuyas luces iluminaron de lleno su semblante, hubiera reconocido en él las severas facciones de don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares.

—Ya tengo una buena nueva que dar al rey —murmuró desapareciendo rápidamente en las sombras de la alameda.

—Os confieso, don Diego —dijo al fin el duque rompiendo el silencio—, que no concibo tanta nobleza y generosidad como encuentro en vuestra conducta. Amáis a una mujer, la tenéis en vuestro poder sin trabas y sin conocer a nadie que os pida cuenta de ella, y la respetáis por la súplica de una madre que quizá sea ficticia, puesto que no tenéis prueba alguna de que la autora de esa carta sea efectivamente la mujer a quien Ana debe la vida.

—¡Ah!, examinad esa carta —exclamó Velázquez mostrando al duque la que leyera pocos momentos antes—; examinadla y os convenceréis de que solo una madre pudo dejar así la huella de esas anchas lágrimas tan ardorosas como las gotas que preceden a una tempestad... de que solo la mano de una madre tiembla del modo que debía temblar la de la mujer que ha trazado estas líneas... Pero, ¡ay! —continuó Velázquez guardando de nuevo la carta, y llevando a su frente sus manos cerradas con un desesperado movimiento—, ¡ay de mí!, nada he conseguido con mi sacrificio: el rey ha visto a Ana hace tres días, y he comprendido demasiado que está ciegamente enamorado de ella.

Al escuchar estas palabras, se levantó el duque y miró con recelo a todas partes; algunas enamoradas parejas cruzaban por la enramada, y no era difícil que oyesen las palabras del pintor.

—Volvamos a Madrid, Velázquez —dijo acercándose de nuevo a este—. Nuestra conversación se ha hecho muy seria para que podamos continuarla aquí, por el grave riesgo que corremos de ser oídos.

En seguida tomó familiarmente el brazo del artista, y se dirigió con él a su coche, cuyos caballos tomaron al trote el camino de Madrid así que el duque y Velázquez se hubieron acomodado en él.