—¿Cómo ha visto el rey a esa joven? —preguntó el duque, no bien el ruido del carruaje pudo apagar un tanto su voz.

—Mil veces me había preguntado por mi hermana, exigiéndome que se la presentase, pero yo había conseguido excusarme con diferentes pretextos. Hace tres días entró de improviso en mi estudio, del cual tiene llave desde que me concedió el título de pintor de cámara, y nos sorprendió estando yo haciendo el retrato de Ana: a su vista quedó mudo de asombro, y apenas acertó a pronunciar una palabra. La inocente niña, por el contrario, no manifestó la menor sorpresa.

—¿Quién es este señor tan hermoso? —me preguntó.

—S. M. el rey —le contesté—, casi sin saber lo que decía.

Entonces el rey le tendió la mano, que ella, completamente ignorante de toda etiqueta, no se cuidó de besar, contentándose con estrecharla levemente como si fuese la de un antiguo amigo.

—Voy a nombrar a tu preciosa hermana dama de honor de la reina, Velázquez —me dijo el rey poco después, sin apartar sus ojos de Ana.

—Suplico a V. M. que no haga tal cosa —contesté yo rojo de indignación.

—¿Por qué?

—Porque nunca consentiré en que admita semejante merced.

La mirada con que acompañé estas palabras debió traducir al rey mi pensamiento, porque la dulce expresión de sus ojos dejó lugar a otra llena de cólera. Un instante después salió de mi estudio cerrando la puerta con violencia.