Todo lo temo —continuó el artista—, todo lo temo del carácter del rey, y solo confío en la vigilancia del mulato, que es para Ana y para mí un perro fiel.

—Confiad también en mi amistad, don Diego —dijo el duque estrechando afectuosamente la mano del pintor.

—¡Gracias, señor don Juan! —contestó este—. Pero lejos de que yo me valga en esta ocasión de vuestra amistad, os suplico, con todas las veras de mi alma, que aparentéis que se ha enfriado la vuestra, o que me la negáis por completo. Sospecho que voy a caer del pedestal en que momentáneamente me colocó la fortuna, y os amo demasiado para envolveros en mi ruina.

El coche llegaba entonces al palacio del duque; mas este, embargado por la honda conmoción que le causaron las generosas frases de Velázquez, no lo advirtió siquiera hasta que los caballos se detuvieron.

—¡Alma noble! —exclamó rodeando con sus brazos el cuello del artista—: no temáis las iras de la suerte; no haré en público nada por vos, porque, como decís muy bien, sería envolverme en vuestra ruina; pero yo os conservaré en ese pedestal que tan honrosamente habéis conquistado, y del cual quiere arrojaros una mano.

En aquel instante fijó su mirada por casualidad en un caballero que pasaba a la sazón junto al coche: era el conde-duque de Olivares, que marchaba apresuradamente hacia palacio y que, al escuchar las últimas palabras del duque, redobló el paso hacia el alcázar real.

El duque entró en su casa, y ordenó a su cochero que condujese al artista a palacio, donde, según se ha dicho ya, tenía aposento.

Velázquez se dirigió a su habitación: diez minutos después de entrar en ella, don Gaspar de Guzmán y Pimentel penetraba, sin anunciarse, en la cámara de Felipe IV.

V

REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO