Escribía el rey sentado delante de una pequeña mesa cubierta de papeles, y su obra debía ser en verso, según lo atestiguaban sus desiguales renglones, y el cuidado que ponía en medirlos contando sus sílabas con los dedos.

Al sentir los pasos del conde-duque, levantó la cabeza y mostró su gracioso semblante, pálido y marchito como si estuviera falto de reposo.

En efecto, Felipe IV hacía tres noches que no cerraba los ojos, pensando en la hermana de su pintor de cámara.

El rey de España tendría unos veinticinco años, era de estatura mediana, tez trigueña y hermosos ojos; su nariz, un tanto encorvada, era, quizá por este mismo defecto, la facción más graciosa de su rostro; sus cabellos castaños bajaban en ondas brillantes hasta su cuello de batista lisa, y su bigote retorcido, acababa de dar a su fisonomía aquel carácter de época que en vano se ha procurado después imitar.

Su pie, encerrado en un zapato de alto tacón y cubierto con un gran lazo, era lindo, pequeño y arqueado; sus manos, blancas y delicadas, salían de entre ricos encajes, y su ropilla de terciopelo negro marcaba bien su alto y hermoso pecho, y su talle gallardo y redondo.

Llegaría apenas el de Olivares a su noveno lustro, y sus facciones, severas y duras, retrataban bien su carácter dominante, pero estaban dotadas al propio tiempo de tan admirable flexibilidad, que cambiaban instantáneamente de expresión sin que pareciese costarle el más pequeño esfuerzo.

Vestía con mucha mayor suntuosidad que el rey, y era más corpulento y de estatura más elevada. Hasta la puerta de la cámara real, sus cejas, violentamente contraídas, y la iracunda expresión de sus ojos hubieran patentizado al observador menos inteligente la ira que fermentaba en su alma; mas, al aparecer ante el rey, retrataron sus facciones un gozo tan sincero que hubiera engañado al más sagaz.

A la primera mirada que el rey fijó en el semblante del de Olivares, a la alegría de las facciones que este reflejó en las del monarca, como en un espejo, se levantó presuroso.

—¿Me traes alguna buena nueva? —preguntó ansiosamente.

—La mejor que puedo dar a V. M.