—¿Cuál?

Don Gaspar fue afectando sumo cuidado a la puerta secreta del dormitorio, y la cerró sin causar el menor ruido; hizo otro tanto con la que comunicaba con el tocador del rey y con la que daba a la antecámara, y luego volvió cerca del monarca.

—Siéntate —dijo este al de Olivares, señalando un sillón a su lado y volviendo a ocupar el suyo.

—¡Señor! —murmuró el conde-duque afectando gran confusión.

—Siéntate —repitió el rey en cuyos ojos brillaba la ansiedad.

Obedeció don Gaspar de Guzmán: luego se aproximó al rey, y dijo recalcando las palabras, y escudriñando con una mirada profunda el efecto que producían en su semblante:

—Señor, la joven que pasa por hermana de Velázquez no lo es.

—¿Qué?, ¿cómo? —exclamó el rey impetuosamente.

—Que la joven y linda Ana es la querida de Velázquez.

Una viva alegría iluminó el semblante del rey, pero aquella expresión fue borrada bien pronto por otra de amargo y profundo desaliento.