Felipe IV amaba sinceramente a la joven, y la noticia de su degradación le causó tan intenso dolor que ahogó la esperanza que aquella misma degradación le hizo concebir de hacerla suya.
—¡Conque no es su hermana! —murmuró sin pensar quizás en lo que decía.
—Es una joven que se trajo de Amberes, cuando, llevado por el deseo de conocer a Rubens y de estudiar sus obras, fue a aquella ciudad.
—¡Ah!, a propósito... —exclamó Felipe IV con la ligereza de carácter que le era habitual—, Rubens viene.
—¡Que viene Rubens! —repitió el conde-duque que, acostumbrado a dominar enteramente a Felipe IV, no podía sufrir junto al rey a ninguna persona que ejerciese en su ánimo la influencia más leve—. ¡Que viene Rubens! ¿Y a qué?
—Le envía mi tía, la infanta gobernadora de Flandes, para que le dé mis instrucciones acerca de las negociaciones de alianza entre España e Inglaterra, y creo que le trae también el deseo de conocer a Diego Velázquez, cuya fama se ha extendido ya por todo el mundo, y a quien solo conoce por la correspondencia que sostiene con él, desde que a su vuelta a Amberes supo que Velázquez había ido allí solo por verle y no había podido conseguirlo. Mi tía, la infanta doña Isabel, me encarga en su carta que procure divertirle, pues hace un año que le consume una melancolía profunda.
Al hablar el rey de la tristeza de Rubens, la nube de dolor que por un momento había desaparecido de sus facciones, volvió a invadir su semblante; el favorito guardó silencio algunos instantes como para dar lugar a que el desaliento se apoderase de su alma por completo.
—Creo, señor —dijo por fin—, que el amor de V. M. por esa joven es más serio que ninguno de los que V. M. ha sentido hasta aquí.
—Tienes razón: mis pasados galanteos solo merecen el nombre de caprichos, comparados con lo que siento ahora... ¡Ah... es tan bella, tan joven, tan adorable!...
El favorito sonrió con desdén: iguales elogios había escuchado mil veces de la boca del rey tratándose de otras mujeres olvidadas ya desde hacía mucho tiempo; por cuya razón jamás fundó su privanza en los amores del monarca: sabía que ninguna mujer reinaba más de un mes en el voluble corazón de Felipe IV.