De súbito un pensamiento más grave frunció sus espesas cejas; pero su meditación duró breves instantes, volviendo a aparecer en su fisonomía la expresión de calma desdeñosa que le caracterizaba.

—El corazón de esa niña será muy pronto de V. M. —dijo al rey, que levantó la cabeza al oírle, meciéndola tristemente.

—¡Quizá no! —murmuró—. Mucho debe amar a Velázquez cuando tan fielmente guarda el secreto de su fingida hermandad.

—¡Bah!, ¿no hemos conquistado otras beldades tan enamoradas como esa niña pudiera estarlo? Y digo pudiera, porque no lo está: ella se cree verdadera hermana de Velázquez, y como tal vive con él.

Al escuchar las palabras del infame favorito, levantose Felipe como impulsado por un resorte, y con el rostro radiante de alegría aproximose al conde-duque y tomó sus manos, que estrechó con frenesí.

—¿Cómo has hecho para adquirir esas noticias? —exclamó—. ¡Oh, habla... habla... dímelo y luego pídeme lo que quieras para recompensar tu celo!...

—No se tome V. M. el trabajo de indagar el que me ha costado a mí adquirir esas nuevas que tan agradables son a V. M. —contestó el privado siguiendo la provechosa costumbre que había adoptado de hacer sus servicios todo lo posible misteriosos—; en cuanto a mi recompensa, es sobrado grande con la alegría que he proporcionado a V. M.

—Acepta, sin embargo, esta sortija como una prenda de mi gratitud —dijo el rey sacando de su dedo anular un magnífico cintillo de diamantes y perlas, y poniéndole él mismo en el del conde-duque.

Inclinose don Gaspar profundamente, y el rey continuó:

—Estoy decidido a hacer mía a esa joven; pero, te lo confieso, no quisiera romper con Velázquez a quien amo de veras.