—Sin que rompa con él V. M., y sin romper yo, que le amo también, mañana a estas horas estará en mi casa la joven Ana.

—¿Pero no sabes que mañana al amanecer salimos para el Escorial?

—Saldremos todos, incluso Velázquez: pero Ana se quedará aquí, en mi casa, según he dicho a V. M.

—Mas la reina se queda también en Madrid, porque la delicada salud de mi hija María Teresa le impide acompañarnos.

—Lo sé; pero nada tema V. M.: no bien quede la corte instalada en el palacio de San Lorenzo, volveré yo aquí y me llevaré a la flamenca en un coche cerrado, conduciéndola a las habitaciones que allí me ha señalado V. M.

—¿Cómo podré yo pagarte tanto celo?

—Conservándome un lugar en el corazón de V. M.

—¡Siempre, siempre será tuyo!

El favorito no hizo, al parecer, gran caso de la protesta real: inclinose fría y ceremoniosamente, y salió de la cámara con paso grave y mesurado.

VI