ISABEL DE BORBÓN
—Resumamos —decía para sí el de Olivares, en tanto que se encaminaba lentamente a la cámara de la reina—, resumamos: el rey queda enteramente alucinado por mí, y le parece que nada ha hecho para probarme su gratitud, aun después de haberme dado un tesoro en este anillo; la reina me va a servir para robar a la niña sin que yo intervenga en nada, y de este modo consigo guardar pura a la pobre Ana, a la cual tanto ama mi querido Velázquez, y librarme de mi rival el duque del Infantado, que quiere proteger a la flamenca. Mis negocios van perfectamente.
Al decir estas palabras, llegaba a la puerta de la cámara de la reina, y se hizo anunciar por un ujier: sin duda no le era tan fácil penetrar en aquellas habitaciones como en las del rey.
Cuando el conde-duque penetró en la cámara de la reina, serían las diez de la noche. La cámara, poco iluminada, tenía abiertos los dos balcones, que enviaban dos rayos de luna al lecho de la infanta María Teresa, colocado en el centro de la cámara a causa del gran calor.
Pero el lecho estaba vacío: la regia enferma, que contaba muy pocos años, se entretenía formando un castillo de naipes en un sillón próximo a la reina, que la contemplaba con amor.
Isabel de Borbón acababa de cumplir veintitrés años. Su semblante, dulcemente ovalado, era más que hermoso, agradable y simpático; sus ojos oscuros eran muy rasgados y veíase en ellos ese ligero cambiante azul que se asemeja a la pizarra, y que tal encanto presta a la mirada que le posee; sus cabellos, levantados con el mismo peinado que luego hemos llamado a la Fuoco, eran sedosos, abundantes y de un hermoso color castaño; no se podían llamar perfectas su nariz ni su boca, la cual era de una extrema pequeñez; pero la fresca palidez de su semblante, el gracioso corte de su frente y su dulce sonrisa le daban un encanto inexplicable y más seductor que el que presta una acabada hermosura.
Tenía puesto un vestido blanco y liso, y su gola de batista, lisa también, hacía resaltar el agradable trigueño de su tez.
La infanta María Teresa era el retrato fiel de su madre; pero sus ojos eran de un azul más claro y transparente, su tez más blanca y sus rizados cabellos tenían los brillantes matices del oro. Aquella dulce, tierna y apacible niña fue después la desdichada esposa de Luis XIV de Francia.
Cuando vio al conde-duque, hizo un gesto de disgusto levantando sus blancos y delicados hombros, y le gritó:
—¡No te acerques aquí!... Como eres tan grande, vas a derribarme el castillo con el aire que haces al andar.