Pero la advertencia llegó tarde: al movimiento que hizo el favorito para besar la mano de la niña, llevó un soplo de viento a los naipes, y el edificio vino al suelo.

—Está visto que donde tú estás no puede haber palacios —exclamó María Teresa retirando con rabia su mano—. Me voy a volverle a hacer en la mesa de mármol de mi padre, y cuidado con que vengas allí, ¡cuidado!

Al escuchar las frases de su hija, «está visto que donde tú estás no puede haber palacios», una dolorosa sonrisa entreabrió los labios de la reina: la pobre Isabel debía todos sus pesares a la fatal influencia que el conde-duque ejercía en el ánimo de su esposo.

La infanta recogió sus naipes y, precedida y seguida de dos damas, se encaminó a la cámara de su padre.

La dolencia de la pequeña princesa era tan leve, o mejor dicho, tan habitual, que la reina no se opuso a que aquella fuese a la cámara del rey, deseosa de proporcionarle alguna distracción.

—Tengo que hablar a V. M. de un asunto reservado, señora —dijo el conde-duque volviéndose imperiosamente hacia las damas, que sin esperar una señal de la reina se retiraron en seguida a la antecámara: decididamente el verdadero rey era don Gaspar de Guzmán.

—Ya os escucho —dijo Isabel recostándose en su sitial, y apoyando en la mano su mejilla con aire entristecido.

—He venido —empezó el de Olivares—, he venido a rogar a V. M. que me ayude a salvar a una infeliz niña del amor del rey.

Ante aquellas inhumanas palabras, palideció Isabel; llevó sus manos al corazón como si hubiese recibido en él una profunda herida, y luego dos gruesas y abrasadoras lágrimas corrieron por sus mejillas.

—¿Qué puedo yo hacer? —murmuró con tanto desaliento, que el duro corazón del favorito se conmovió a pesar suyo.