—Esa joven se salvará si V. M. me permite que la traiga esta noche a sus habitaciones.

—¡Nunca! —exclamó la reina con vehemencia—. Creo que obro más dignamente aparentando que ignoro los desórdenes del rey, que oponiéndome a ellos con inútiles escándalos.

—Aquí no puede haber escándalo alguno; yo me he visto obligado a ofrecer al rey que la tendría esta noche en mi poder, pero al mismo tiempo quiero salvar el honor de esa infeliz criatura y librar a don Diego Velázquez de un pesar que le costará la vida, porque ama a esa joven con toda su alma.

—¿Y quién os obligaba a fomentar así la licenciosa pasión del rey por esa joven? —exclamó Isabel de Borbón irguiéndose indignada y altanera—. ¿Quién sino vuestra infame ambición tiene la culpa de los extravíos del padre de mis hijos? ¿Quién es la causa de todos mis pesares? ¿Quién empobrece y pierde el reino? ¡Vos... sí... solo vos, favorito venal de un rey demasiadamente crédulo!... ¿Y queréis que yo os ayude en vuestras inicuas tramas? ¿Queréis que yo sea el dócil instrumento de vuestros ambiciosos planes, para acabarme de perder luego en el ánimo del rey? ¡No lo esperéis jamás!

—¿Se niega V. M.? —preguntó el favorito, quien, no obstante los violentos apóstrofes de la reina, la miraba con una calma provocativa.

—Me niego, sí.

—Iré, pues, a avisar a Velázquez.

Una llamarada de cólera cubrió de púrpura el dulce y poético semblante de la reina. Levantose esta del sitial en que había permanecido sentada, y se aproximó lenta, rígida y amenazadora al conde-duque.

—Si hacéis eso —murmuró en voz baja, pero enérgica, y acentuando cada palabra—; si hacéis eso, yo seré quien os hunda para siempre en un abismo sin fondo. ¡Entendedlo bien, don Gaspar de Guzmán! ¡Si tomáis en boca el nombre del rey, Isabel de Borbón, os lo jura por su nombre real, será quien descubra a Felipe IV la petición que habéis venido a hacerle esta noche! ¡Salid!

La reina señaló la puerta al de Olivares con ademán severo, y este, a pesar de su insolencia, salió maquinalmente, asombrándose de haber sido cogido por la primera vez de su vida en sus propios lazos.