Cuando se halló en la segunda antecámara, la rabia ocupó en su alma el lugar del asombro, y golpeó furioso su frente con su apretado puño.

—¡Vive Dios —murmuró roncamente— que es inútil que yo quiera ser bueno! ¡La primera vez desde que vivo que me ha ocurrido atenuar una mala acción con otra buena, he salido vergonzosamente derrotado...! ¡Adelante, pues! La flamenca será del rey, y Velázquez... a Velázquez ya le he recompensado sobrado bien mi magnífico retrato con el bolsillo que por él le di... ¡Ah, vamos a ver quien vence a quien, señor duque del Infantado!...

VII

EL RAPTO

Eran las doce de la noche del 25 de junio, y Diego Velázquez de Silva, acompañado de la linda Ana, se hallaba en su estudio, absorto, al parecer, en hondas cavilaciones.

Sentada la joven a la ventana abierta, pasaba su blanca mano por la cabeza de un hermoso perro de corpulenta talla y largas lanas negras; también ella estaba pensativa y triste, cual si su lindo rostro hubiera sido un espejo del de Velázquez.

A pesar de haber hecho ya don Diego el retrato de Ana cuando hablaba en la enramada con el duque del Infantado, la daré a conocer por mí misma al lector.

Apenas rayaba esta preciosa criatura en los dieciséis años de su edad; sus ojos azules, guarnecidos de larguísimas pestañas de oro, eran grandes, rasgados y serenos, y su apacible luz patentizaba el dulce candor de su alma; bajaban sus cabellos en luengos rizos hasta tocar en sus hombros, derramándose como una cascada de oro por su blanca espalda; su rostro, que formaba un óvalo prolongado, estaba ligeramente enflaquecido hacia las sienes y la parte inferior de las mejillas, presentando señales infalibles de esa terrible enfermedad de consunción que se apodera de tantas jóvenes al salir de la adolescencia, y que las hunde en el sepulcro antes de ver colorar sus infantiles ensueños.

Aquellos desoladores síntomas daban a la fisonomía de Ana el encanto mayor que poseía, imprimiéndose un triple carácter de melancolía, sufrimiento e inocencia, que conmovía hondamente el corazón más duro.

Su vestido blanco, de escote cuadrado y mangas perdidas a la flamenca, marcaba los contornos perfectos, pero poco desarrollados de su talle: eran sus formas de tan extrema delicadeza que tenían, no obstante su morbidez, una indecisión enteramente infantil.